—¿No puedes sostenerte hasta que yo llegue?

—Creo que sí.

En efecto, así que le vi nadando hacia mí me acudieron repentinamente las fuerzas, pues sólo el miedo y no la fatiga las había paralizado.

—¿Qué te pasa?

—No sé... Creo que tengo frío—respondí por no confesar mi miedo.

—Cógete al cinturón de mi calzoncillo... ¿Podrás mover las piernas?

—Sí.

Y haciendo lo que me ordenaba puse una mano sobre su cintura y con este solo apoyo y nadando con las piernas llegamos perfectamente a la orilla.

Una vez allí ¿qué se figura el lector que hizo aquel buen hombre? Pues emprenderla a mojicones conmigo... ¡por burro!

—¿Si no sabes nadar grandísimo burro para qué vas adonde te cubra? ¡Eres un burro! ¿Quién, si no un burro se va al medio de la ría sin saber nadar?