Tantas veces me llamó burro el bueno de fray Melitón que no sé cómo en aquel mismo punto no me brotaron las orejas.

XX
EL CACHORRILLO

No recuerdo cuánto me costó. Tengo una idea de que di por ella todo el dinero que tenía en la hucha, que sumaría lo menos cuatro o cinco pesetas en calderilla. Además entregué una cadenita de plata, algunos botones dorados de un frac viejo de mi padre y una navajita que me habían regalado.

A pesar de todo quedé convencido de que Ovidio, el hijo del boticario de la calle de la Fruta, había tenido un momento de extravío y que yo había abusado miserablemente de este muchacho cambiando aquellas baratijas por su pistola.

Porque era una pistola, una verdadera pistola que se cargaba con pólvora, no uno de esos ridículos juguetes que nos regalaban nuestros parientes por las ferias de San Agustín y que se disparan con un muelle.

¿Cómo vino a poder de Ovidio esta arma? Lo más probable es que perteneciese a un hermano mayor que había llegado de Cuba hacía unos meses. Lo sospeché pensando en la facilidad y aun la prisa con que de ella se desprendió. Si hubiera llegado a sus manos por un camino honrado, es seguro que la habría conservado en su poder con el mismo agrado, ¡qué digo agrado! con el mismo entusiasmo que yo la hice mía.

Parece que la estoy viendo con su cañón pavonado y sus llaves bruñidas. La culata era obscura y charolada. Compré un cuarterón de pólvora y una cajita de pistones y recuerdo con emoción la primera vez que la disparé. Fué en el bosque de la Magdalena, próximo a Avilés, cosa de dos o tres kilómetros. Para este trascendental experimento se reunieron cinco o seis chicos de la escuela. Y en medio de ellos, caminaba hacia el campo de operaciones pálido y agitado, como si fuese a un duelo. Después de cargarla cuidadosamente, según las instrucciones que Ovidio me había dado, después de haber puesto el pistón en la chimenea, permanecí con ella en la mano presa de amarga incertidumbre. ¿Qué resultaría de aquello? Mis compañeros y yo nos mirábamos unos a otros y a todos nos latía el corazón como si se jugase en aquel ensayo nuestra existencia. Al fin, armándome de valor, me destaqué del grupo, avancé unos pasos y grité: ¡A la una! ¡a las dos!... ¡a las tres! ¡Pum!

El estampido causó en nosotros un estremecimiento, pero muy especialmente en mí, como debe suponerse. Sin embargo, todos al punto recobran el valor, todos quieren disparar la pistola. Me costó no poco trabajo reprimir los ímpetus de aquellos héroes. Fuí, no obstante, lo bastante magnánimo en tal ocasión, para gastar el cuarterón de pólvora y buena parte de los pistones. Regresamos a nuestros hogares cubiertos de gloria y con el corazón henchido de sentimientos bélicos.

Así que se divulgó entre la juventud de las escuelas la nueva de que era poseedor de aquella arma preciosa, me vi rodeado de aduladores. Cuando un hombre logra acaparar una cantidad respetable de fuerza, los demás acuden a él por un impulso irresistible, como las raspaduras del acero hacia el imán. Tal acaeció al califa Omar, a Pedro el Grande de Rusia, a Napoleón; tal me acaeció a mí. Desde entonces no me vi libre ya de un enjambre de cortesanos, especie de guardia fiel, que me seguía a todas partes ansiando participar de mi imperio y tomar parte en las felices aventuras que aquel instrumento mortífero había de proporcionarme.

En la escuela sujetos que antes me despreciaban profundamente, mirábanme ahora con respeto y me preguntaban al oído misteriosamente: