—¿Lo tienes ahí?

Yo me hacía el interesante.

—¿El qué?

—El cachorrillo.

—Lo tengo.

—¿Cargado?

—¡Ya lo creo!

Entonces aquel sujeto desdeñoso me apretaba la mano con sigilo y se alejaba en silencio para comunicar a los demás noticia de tanta sensación.

Debo advertir, para que el lector no se sobresalte demasiado, que el cachorrillo estaba cargado solamente con pólvora. Ni a mí se me ocurrió ni a mis compañeros tampoco, introducir en él ningún proyectil.

Después de la escuela solíamos irnos a la Magdalena, aldea deleitosa como pocas, en cuyo bosquecillo habíamos recibido nuestro bautismo de fuego. Una vez allí, lejos de las miradas, aunque no de los oídos de los hombres, nos entregábamos a un tiroteo pernicioso que tenía un poco inquietos a los pacíficos labradores de aquel lugar.