Sin embargo, las aventuras gloriosas no parecían. Hacía seis u ocho días que el cachorrillo estaba en mi poder y todavía no había logrado utilizarlo para algo que pudiera ser narrado algún día a mis amigos de Entralgo, pues en aquella época no sospechaba que pudiera tener cabida en mis memorias.

La fortuna vino en mi ayuda al cabo en forma semejante a la de Don Quijote. Caminábamos una tarde hacia nuestro acostumbrado retiro de la Magdalena, cuando acertamos a ver un zagalote de quince a diez y seis años que corría hacia nosotros siguiendo a una niña como de diez. La alcanzó presto y comenzó a golpearla cruelmente, a tirarla del pelo y de las orejas. Entonces yo, con el sentimiento de mi fuerza incontrastable, le grito osadamente:

—¡Deja a esa niña, animal!

Levantó la cabeza, y al ver el ínfimo ser que se atrevía a hablarle de esta forma, quedó más estupefacto que indignado.

—Sí; voy a dejarla—respondió sonriendo sarcásticamente—pero es para comenzar contigo, granujilla. Y avanzó con terrible calma hacia mí. Yo en vez de retroceder avanzo también algunos pasos y sacando la pistola y apuntándole al pecho exclamo colérico:

—¡Si das un paso más eres muerto!

Quedó inmóvil, clavado por la sorpresa y dirigiendo la vista a mis compañeros preguntó:

—No estará cargada, ¿verdad?

—¡Sí!... ¡cargada!... ¡está cargada!—le respondieron a un tiempo todos.

Entonces el zagalote se pone pálido, vuelve grupas instantáneamente y emprende a correr gritando: