—¡No tires, chico!... ¡No tires!

Yo le sigo corriendo también.

—¡Vas a morir! ¡Vas a morir!

—¡Por Dios, no tires! ¡Por Dios, no tires!—clamaba el pobre diablo volviendo de vez en cuando la cabeza con terror.

—¡Vas a morir!... ¡Vas a morir!—replicaba yo lúgubremente entre colérico y alegre.

Al fin me cansé de seguirle y volví hacia mis compañeros, que me acogieron con estruendosa alegría. ¡Cuánto reímos, cuánto celebramos aquel triunfo! No nos hartábamos de recordarlo pintando el miedo de aquel gran zángano con rasgos cada vez más cómicos. Y así que llegamos a la villa cada uno de mis compañeros fué una bocina poderosa que esparció la nueva por todos sus ámbitos.

De tal modo, que cuando al día siguiente por la mañana entré en la escuela un poco tarde, todos los ojos se volvieron hacia mí con viva curiosidad y admiración. Me senté en mi banco, pero aún allí me seguían las miradas de los compañeros. Yo paladeaba mi triunfo con deleite, pero en actitud modesta. ¡Ah, cuán lejos estaba de sospechar que tenía cerca la roca Tarpeya!

Recuerdo que el maestro se hallaba frente al encerado y nos explicaba una operación de quebrados. Su amplia levita flotaba majestuosa a medida que su brazo, provisto de unas mangas postizas de percalina negra para no ensuciarse, iba trazando cifras y borrándolas después con una esponja. Pero aquel día nadie reparaba en la levita, ni en las mangas de percalina ni en la esponja ni en las cifras. Toda la atención de la escuela estaba concentrada sobre mí o, por mejor decir, sobre mi pistola.

Uno de mis amigos más íntimos, que estaba cerca, se inclinó y me dijo en voz baja:

—Mariano quiere ver la pistola. Déjamela un momento.