Me resistí porque tenía miedo de que don Juan se volviese de pronto. Sin embargo, mi amigo insistió y como aquel Mariano era uno de los chicos más respetables de la escuela por su fuerza y yo le debía algunos favores, tuve la debilidad de ceder.
La pistola no se detuvo en las manos de Mariano. Todos los chicos que se hallaban cerca querían tocarla y fué pasando de uno a otro mientras yo estaba en brasas mordiéndome los labios y maldiciendo de aquella peligrosa curiosidad.
Al fin la pistola comenzó a retroceder lentamente sin que don Juan volviese la cabeza y pude recuperarla. Pero fuese porque algún chico hubiera andado con las llaves o porque yo la tomara con harto apresuramiento en el momento mismo de ir a meterla en el bolsillo se disparó.
El estampido fué horroroso. Parecía que la escuela se había venido abajo. Don Juan cayó de bruces sobre el encerado y permaneció unos instantes inmóvil. Al estampido había sucedido un silencio de muerte. Don Juan se volvió al cabo y su faz estaba lívida: quizá contribuyese a ello el haberla restregado contra las cifras de quebrados que acababa de trazar. Paseó sus ojos extraviados por la escuela y como advirtiese que los de todos se hallaban fijos en mí me miró y vió la pistola. Entonces a paso lento se dirigió al sitio que yo ocupaba.
No es fácil definir lo que por mí pasaba en aquel momento. Era más que terror una especie de anestesia de todos los sentidos, una vaga conciencia de que iba a morir y cierta indiferencia por la muerte. Mi sangre toda, sin faltar una gota, debió de haberse refugiado en el corazón, porque según me dijeron después mi rostro era el de un cadáver.
Don Juan llegó al fin hasta mí y me tomó la pistola de las manos; las suyas temblaban tanto como las mías. Sin pronunciar una palabra se dirigió a la mesa y depositó sobre ella el arma, despojóse lentamente de los manguitos, abrió un pequeño armario donde guardaba siempre su sombrero de copa alta y lo sacó y se lo puso; llamó después al pasante y habló con él un momento en voz baja; volvió a tomar la pistola, la examinó detenidamente y cerciorándose sin duda de que no había peligro alguno la guardó en el bolsillo; luego vino de nuevo hacia mí, me tomó de la mano y en medio de un gran silencio y expectación salimos ambos de la escuela.
La primera idea que acudió a mi mente cuando me vi en la calle de aquella forma sujeto por la mano de don Juan fué que me llevaba a la cárcel. Entonces resucitaron dentro de mi pequeño ser todos los espíritus muertos y me propuse no entrar en ella sino hecho pedazos. En cuanto aflojase un poco la mano ¡zas! daba un tirón y emprendía la carrera.
Pero no la aflojó. Llegamos a la plaza, seguimos por los arcos y en vez de tomar la calle del Muelle, donde estaba la prisión, seguimos por la del Rivero. Entonces comprendí que me llevaba a casa y se me ensanchó el corazón. De mi padre estaba yo bien seguro. Cuando don Juan le explicó con su habitual compostura y modestia todo el negocio se mostró grandemente colérico, aseguró que iba desde luego a comenzar sus investigaciones para averiguar de dónde procedía aquella arma y prometió que se me castigaría severamente.
Como yo esperaba, luego que don Juan se hubo ido no hizo otra cosa más que amonestarme sin demasiada acritud haciéndome algunas reflexiones que me impresionaron profundamente. En cambio mi madre se alarmó y enfureció lo indecible, me privó de toda golosina y no me dejó salir a la calle con mis amigos durante muchos días. Sin embargo, puedo asegurar que las palabras de mi padre fueron medicina más provechosa.