El caso era serio.

Por nuestra parte, entonces, se iniciaron secretas inteligencias con los campesinos de las parroquias de Villalegre y la Magdalena, los cuales nos ofrecieron algunos contingentes. También buscamos apoyo en los franceses de la «Fábrica de vidrios». Yo fuí comisionado para hablar con mi amigo Rodolfo Dinten, un francesito rubio, guapo y robusto, hijo de uno de los principales operarios de la fábrica. Este me sugirió confidencialmente que aunque sus compatriotas se negasen a intervenir en la guerra él por su parte se hallaba resuelto a batirse con nosotros hasta exhalar el último suspiro.

Las negociaciones diplomáticas y los preparativos técnicos se prolongaron desde el mes de Marzo al de Mayo. Todos nos hallábamos extraordinariamente nerviosos. Tragábamos sin apetito la merienda que íbamos a buscar a casa después de la escuela y nos eternizábamos en inacabables conversaciones que se prolongaban hasta la noche. Nuestro Estado Mayor concertaba el plan de la batalla con tanto desconcierto que enronquecía a fuerza de discutir y no acababa de concertarse. La demora, sin embargo, aunque forzosa, no dejaba de convenirnos. La preparación era más sólida y escrupulosa; nuestras alianzas se consolidaban. Por otra parte deseábamos que la batalla se librase en una de las tardes más largas del año, porque no estábamos seguros de parar el curso del sol como Josué.

Al fin quedó resuelto que fuese el próximo sábado al salir de la escuela. La batalla debía reñirse por convenio tácito entre ambos ejércitos en la calle de Galiana por razones especiales que paso a exponer.

Esta calle, según se asciende de la Plaza, tiene a la derecha amplios soportales bastante elevados sobre el resto de la vía, por donde discurren los transeuntes. La parte baja, destinada casi exclusivamente a los vehículos de rueda, no contaba a su izquierda en aquel tiempo con edificio alguno. Por lo tanto allí se podía combatir libremente sin grave riesgo para los neutrales.

Apenas terminado el rosario, que dirigía siempre los sábados nuestro venerable maestro don Juan de la Cruz, salimos tumultuosamente de la escuela y fuimos todos a formar en los soportales de Rivero. Allí teníamos preparadas nuestras municiones, un gran montón de piedras con las cuales llenamos nuestros bolsillos hasta desgarrarlos. Ningún guerrero que yo sepa pudo aquella tarde tragar la merienda.

Una gran decepción nos aguardaba. Los prometidos contingentes de Villalegre y la Magdalena no acababan de llegar. En cambio la Francia estaba magníficamente representada por una docena de chicos de la fábrica, ágiles, vigorosos, atrevidos como lo son casi siempre los soldados de esta heroica nación.

Cansados de esperar inútilmente, nos decidimos al fin a prescindir de las fuerzas aliadas rurales y en apretada falange nos dirigimos en silencio hacia Galiana.

Formados también y cada cual con su piedra en la mano nos aguardaban allí nuestros enemigos. Una gran gritería nos acogió y una espesa nube de piedras cayó casi al mismo tiempo sobre nosotros. De nuestras manos partió inmediatamente otra descarga no menos temerosa.

El fuego se generalizó. Durante algún tiempo ambos ejércitos mantuvieron sus posiciones respectivas. Después comenzó el vaivén natural en estos casos; tan pronto avanzábamos como retrocedíamos.