¿Había muchos heridos? No, porque unos y otros procurábamos conservar saludable distancia y los proyectiles rara vez alcanzaban a nuestras filas. Por desgracia yo fuí uno de los pocos alcanzados. Una piedra me dió en la mejilla y me sacó sangre. Para enjugarla eché mano de mi pañuelo sin recordar que con él había limpiado hacía un instante el banco de la escuela donde se me había vertido el tintero. Puede figurarse cualquiera lo que sucedería. Entre la sangre y la tinta mezclada mi rostro ofrecía un aspecto tan aterrador, según me aseguraron después mis compañeros, que estuvo a punto de hacer flaquear su ánimo. Sin embargo, yo no sentía dolor alguno y seguí combatiendo hasta el final.
La batalla se prolongó así largo rato. Al fin observamos con alegría que el enemigo comenzaba a retroceder sin tratar de recuperar el terreno perdido. Este retroceso inesperado nos envalentonó de tal suerte que nos arrojamos a perseguirlo de cerca y con brío. Así fuimos llevándole hasta lo más alto de la calle. Mas cuando ya le creíamos en plena derrota y próximo a refugiarse cada cual en su vivienda, he aquí que surge de improviso de los soportales donde se hallaba escondido un enjambre de chicos de Miranda que cayó sobre nosotros acribillándonos a pedradas.
Aquel retroceso había sido una traidora emboscada.
En nuestras filas la sorpresa produjo bastante turbación y retrocedimos desordenadamente. Pronto nos repusimos, sin embargo, y comenzamos a disputar el terreno palmo a palmo.
Sin duda la retirada era de absoluta necesidad. El ejército enemigo, engrosado con aquel socorro, era muy superior al nuestro. Supimos, no obstante, llevarla a cabo con tanta serenidad y acierto que quedará en la historia como uno de los más famosos hechos de armas. No fué tan larga y difícil como la de los diez mil griegos mandada por Jenofonte, pero sí tan peligrosa.
Por medio de hábiles y furiosos contraataques de nuestra retaguardia mantuvimos en respeto al enemigo. Rodolfo Dinten, Sidrín el Chocolatero, Luis Orovio, Floro Vidal realizaron prodigios de valor y sangre fría. Es deplorable que tales hazañas permanezcan sepultadas en los archivos del Ayuntamiento y no alcancen en nuestro país la notoriedad que merecen.
Nos retirábamos pues en perfecto orden y causando daño al enemigo cuando al llegar al sitio en que la calleja de los Cuernos confluye con la calle de Galiana observamos que un grupo numeroso de enemigos se precipitaba por ella. Esta calleja, cuyo nombre harto agresivo supongo que ya se habrá cambiado por otro más apacible, termina en la calle de la Cámara, la cual a su vez desemboca en la Plaza. De modo que nuestros enemigos marchando por ella podían tomarnos entre dos fuegos. Si el lector se procura un plano de Avilés podrá seguir, mediante mis indicaciones, los accidentes y episodios de esta memorable batalla.
Inmediatamente nos dimos cuenta del peligro que ofrecía aquella maniobra envolvente. Nuestra retirada se hizo entonces más rápida aunque sin llegar al desorden. El lector no se admirará de ello porque tampoco a él le agradará seguramente que le cojan por la espalda.
Nuestros enemigos, juzgándonos en vergonzosa huída cerraron la distancia de sus líneas y nos persiguieron más de cerca. Uno de ellos bien osado llegó a ponerse en contacto con nuestra retaguardia. Este guerrero temerario era Belín, uno de los más valientes campeones de Galiana.
Confieso que a todos nos infundía respeto aquel héroe. No era un señorito, sino hijo de un menestral, fuerte por naturaleza y contando algunos años más que nosotros. Algunos suponían que tenía ya catorce. Yo no creo que hubiese alcanzado una edad tan avanzada. De todos modos nos llevaba la cabeza en estatura y mucha ventaja por la fuerza de sus puños. Fiando en esta fuerza el insensato no sólo se puso en contacto con nuestra retaguardia sino que penetró en ella y no satisfecho aún avanzó casi hasta el centro de nuestras tropas asestando terribles puñetazos a uno y otro lado.