Entonces por movimiento instintivo y simultáneo, sin que la voz de ningún jefe hubiese dado la orden, las filas se apretaron contra él de modo que le hicieron imposible toda ofensiva. Trató con fuertes sacudidas de romper aquella espesa red que le sujetaba, pero fueron inútiles sus esfuerzos.
Arrastrándole de esta suerte en nuestra retirada llegó con nosotros hasta la Plaza. El enemigo, que había visto con dolor la desaparición de uno de sus caudillos más reputados, trató de rescatarlo persiguiéndonos todavía en un paraje donde sabía perfectamente que estaba prohibida la lucha armada. Pero en aquel instante la fuerza coercitiva del Estado, representada por el octogenario alguacil Marcones, hizo su aparición habitual; levantó amenazador su viejo bastón de espino, y súbito las fuerzas de Galiana quedaron paralizadas y no tardaron mucho en retraerse a sus antiguas posiciones.
Un rugido de alegría se escapó de nuestros pechos. Habíamos perdido la batalla pero teníamos en nuestro poder a Belín, al mortífero Belín, orgullo y esperanza de su barrio. Todavía quiso zafarse poniendo en tensión sus músculos poderosos, mas todos sus intentos se estrellaron contra el número incalculable de manos que le sujetaron. Entonces, comprendiendo que no existía posibilidad de salvación cesaron sus esfuerzos y adoptó una postura altanera y estoica que nos impresionó profundamente. Ni un grito, ni una palabra, ni un movimiento: se dejó conducir tranquilamente.
¿Adónde? He aquí la pregunta que nos hicimos en seguida. Deliberamos ansiosamente porque el tiempo apremiaba. No conocíamos en nuestras tierras fortaleza alguna donde pudiéramos guardarlo, y estábamos ya a punto de dejarle en libertad cuando uno de nuestros compañeros tomó la palabra para manifestar que en su casa había una cuadra donde no se guardaba caballería alguna desde hacía largo tiempo y que bien podría hospedar a nuestro prisionero.
Así se realizó punto por punto. Le llevamos hasta el final de la calle de Rivero. Nuestro compañero entró en su casa, y cerciorándose de que nadie podía estorbar nuestro designio, hizo una señal, y cuatro números sujetando al prisionero le introdujeron secretamente en la cuadra y allí le dejaron amarrado al pesebre. Lo que todavía hoy me admira al recordarlo, es que se dejó atar sin oponer resistencia, sin pronunciar siquiera una palabra.
Era un caudillo de rara energía y sus ideas acerca del honor militar dignas de aplauso.
¿Cómo llegó a conocimiento del propietario de la casa y papá de nuestro compañero que tenía en su cuadra amarrado un bípedo en vez de un cuadrúpedo? Nunca pudimos averiguarlo. Lo cierto es que no se había pasado todavía media hora, cuando en un estado de cólera increíble bajó a la cuadra, desató al noble adalid de Galiana y con las mismas cuerdas que le aprisionaron aplicó tantos zurriagazos al alcaide de la fortaleza que seguramente no le quedaron más ganas en su vida de guardar prisioneros.
Este famoso Belín logró más tarde a costa de laudables esfuerzos seguir y terminar la carrera de Medicina. Se llamó don Abel García Loredo y fué uno de los facultativos más acreditados de Oviedo, donde falleció hace bastantes años.
Alguna vez sentados en los divanes del Casino nos entreteníamos alegremente recordando nuestra edad infantil. Cuando yo le traía a la memoria este episodio reía a carcajadas exclamando: