XXII
EL SUICIDIO DE ANGUILA
Los lectores se acordarán, seguramente con horror, de aquel bandido apodado Anguila, que en compañía de otro facineroso a quien llamaban Antón el zapatero, nos asaltó en el camino de San Cristóbal a mi amigo Alfonso y a mí cuando nos propusimos hacer vida solitaria y eremítica.
Voy a narrar ahora en qué forma intentó despojarse de la vida este sujeto.
Pero antes bueno es que comunique al universo entero, para que nadie se equivoque respecto a su temperamento moral, algunos datos que le han de hacer más odioso. Si aún vive (cosa que sentiría) no dudo que experimentará honda confusión y vergüenza y esto es precisamente lo que me propongo.
Es de saber que después de haberme maltratado indignamente so pretexto de enseñarme el ejercicio de las armas, me obligaba a hacerle el saludo militar cada vez que le encontraba en la calle. Y si me descuidaba de ello me lo recordaba dolorosamente con un puntapié o una bofetada. Al aproximarse a él era necesario cuadrarse y hacerle la venia. Entonces dirigiéndose a sus compañeros les decía guiñando un ojo:
—A este chico le he enseñado yo el ejercicio. Por eso me respeta siempre como su capitán.
Este payaso inmundo era popular en Avilés y sus farsas muy celebradas. ¡A tal punto puede un pueblo equivocarse respecto al valor de sus hijos!
Por las ferias de San Agustín acudían a nuestra villa muchos forasteros. Algunos llegaban de Madrid. Anguila tenía noticias de esta gran ciudad, no por la Geografía, pues seguro estoy de que en su vida había tomado un libro en las manos, sino por las noticias fantásticas de estos forasteros. Entre ellos había quien divertía sus ocios arrojando monedas de cobre envueltas en un papel desde el muelle a la hora de la marea, para que los pilluelos zambulléndose las cogiesen con los dientes.
Anguila sobresalía de tal modo en tan noble ejercicio que no tenía rival.
Jamás se había visto en Avilés un pez más acuático que Anguila.