Cuanto pueda hacer un cetáceo dentro del agua él lo hacía.
Yo creo que algo más.
En las mareas vivas se arrojaba de cabeza a la ría desde el puente de San Sebastián, que tenía una altura considerable, desaparecía de nuestra vista y al cabo de largo tiempo surgía allá lejos, muy lejos, haciendo muecas horrorosas. Y como su piel era dura, negra, curtida y como el cabello cerdoso le llegaba hasta cerca de los ojos, cuando asomaba medio cuerpo fuera del agua parecía realmente una foca marina apresada en las costas de Terranova.
Pero el momento en que se mostraba con verdadero esplendor su naturaleza de anfibio era en las fiestas náuticas celebradas durante las ferias de San Agustín. Se puede afirmar que Anguila era el héroe de estas fiestas. Ninguno logró jamás divertir tanto al público ni hacerse aplaudir tan calurosamente. Si se trataba de atrapar un bolsillo con dinero colocado en la punta de un mástil horizontal bien untado de sebo, Anguila a fuerza de intentarlo y caer infinitas veces al agua lograba al fin con destreza increíble apoderarse del dinero y al arrojarse al agua con el bolsillo en la mano lanzaba un ¡hurra! estentóreo al cual respondía el público con estruendoso palmoteo.
Cuando había carreras de patos y a estos desgraciados animales se les colgaba con la cabeza abajo de un bauprés, y los botes pasaban a todo remo por debajo conduciendo los efebos desnudos en pie sobre la popa, era de ver a Anguila lanzarse al aire como un pájaro de presa y clavar sus garras en el cuello del pato y quedar colgado de él hasta que se lo arrancaba.
Que me perdonen los manes de los señores de la comisión de festejos de la villa si afirmo que tal recreo era bárbaro, cruel y digno solamente de un hereje como Anguila.
Cuentan que éste durante unas ferias llegó a ganar la respetable cantidad de ocho duros y que una vez rico concibió la idea de viajar. Comunicóla con Antón el zapatero, su cómplice, y como éste le diese su aprobación determinaron para dar comienzo trasladarse ambos a la capital de España.
Nada de cuanto voy a narrar he presenciado. Lo sé por la voz pública. Pero como hizo mucho ruido en Avilés y no dejará de haber allí algún personaje prehistórico que lo recuerde no temo garantizarlo como rigurosamente exacto.
Salieron, pues, una mañana estas buenas piezas de nuestra villa sin dar un tierno adiós a sus familias y llegaron a Oviedo en una jornada caminando a pie, como era entonces la moda. Hicieron noche en esta ciudad, durmiendo al aire libre, lo cual no puede ser más higiénico, y al día siguiente prosiguieron su marcha hacia León, adonde llegaron al cabo de cuatro.
Una vez en León ¿qué impresiones agitan el ánimo de Antón el zapatero a la vista de esta ciudad? Nada menos que un sentimiento de nostalgia irresistible. Al menos esto fué lo que hizo presente a su compañero Anguila. Lo que no dijo es que todas aquellas noches había tenido pesadillas espantosas. Veía constantemente a su padre con el tirapié en la mano haciéndole reflexiones. Y pensando, sin duda, que estaba amagado a un desarreglo del estómago o quizá a la neurastenia determinó volverse a respirar de nuevo los aires natales.