Anguila trató de oponerse, pero fué en vano. Se discutió largamente el asunto y al cabo quedó resuelto que Antón se volviera y Anguila continuaría solo el viaje.

Inmediatamente se presentó un problema que siempre es de difícil solución, al menos en nuestro planeta, el problema del dinero. Antón quería llevarse la mitad de lo que había en caja, o sea sesenta reales. Anguila no quería darle más que veinte. Hubo disputa muy agria y estuvieron a punto de venir a las manos. Al fin predominó el dictamen de Antón, porque si Anguila semejaba mucho a un gorila, Antón era un verdadero tigre de Hircania.

Cuando este tigre llegó a su madriguera de Avilés no se sabe lo que allí pasó; pero entre nosotros los chicos de la escuela corrió como muy válido el rumor de que había tenido que ir al médico para arreglarle la piel. Mentiría si dijese que no me había alegrado.

En cuanto al gorila, así que se vió solo crecieron sus ánimos, cosa que nada tiene de sorprendente tratándose de un animal salvaje.

El ferrocarril del Noroeste de España no llegaba entonces más que a León. Anguila se fué a la estación, comió un panecillo y un pedazo de queso en la cantina, bebió un vaso de vino y se puso a dar paseos gravemente por el andén, como un rentista, esperando la hora del tren. Preguntó cuál era la estación más próxima y como le nombrasen Torneros, cuando llegó el momento de sacar los billetes pidió en la taquilla uno de tercera para Torneros, que le costó solamente algunos céntimos.

Los viajeros eran numerosos porque se acumulaban los que habían llegado en las diligencias de Asturias y Galicia: Anguila observó en qué coche había más gente y allí se encajó. En los departamentos de tercera suele viajar la gente menos aromática pero también la más franca y afectuosa. Fuera del coche podrán ser los unos para los otros lobos feroces, pero en cuanto allí se acomodan todo es cordialidad y alegría y fraternidad y cuchipanda. Los caballeros no llevan abrigos de pieles sino groseros sacos al hombro; las señoras enormes cestas cargadas de legumbres en vez del primoroso cabás con las joyas; mas no por eso maldicen de la existencia.

A esta sociedad trató de hacerse pronto simpático Anguila, y lo consiguió fácilmente. A uno le quitaba el viento con su gorra para que pudiese encender el cigarro, a otro le desembarazaba del saco o de la cesta colocándolos debajo del asiento, a los niños les sentaba sobre sus rodillas y les enseñaba juegos de manos. Nada de esto necesitaba para obtener la benevolencia de los viajeros, porque repito que en los coches de tercera se practican todas las virtudes cristianas de una vez.

A los quince minutos era allí popular. Uno le regalaba la mitad de un chorizo, otro le daba nueces, otro le hacía beber un trago de su bota, y había quien le daba pescozones cariñosos llamándole granuja. El se dejaba querer. Por supuesto, había tenido cuidado de manifestar que iba a Madrid, de lo cual nadie dudó porque llevaba siempre empuñado su billete en la mano izquierda.

Mas he aquí que hallándose asomado a la ventanilla cuando el tren marchaba a toda velocidad, se le oye lanzar un grito lastimero. Inmediatamente vuelve la cabeza con tales señales de consternación en el rostro, que los viajeros, asustados, le preguntan a un tiempo:

—¿Qué te pasa, chico?