—¡Se me cayó!, ¡se me cayó!—gimió Anguila desesperadamente.

—¿Qué te ha caído?

—¡El billete...! ¡Se me cayó el billete!

Y sus mejillas se bañan de lágrimas porque este pícaro tenia la rara facultad de llorar cuando le daba la gana. Lloraba tan amargamente y estaba tan feo llorando, que todos se sintieron conmovidos.

—¿Pero cómo fué eso, chico?

Él, entre suspiros y lágrimas, explicaba que no sabía cómo había sido... Estaba descuidado..., la mano se le había aflojado..., el viento era muy fuerte. Y venga llorar y suspirar y moquear.

—No te apures niño—dijo uno—. Ya veremos cómo se arregla eso.

—¡Ya lo creo que se ha de arreglar! ¡No faltaba más!—exclamó otro.

Inmediatamente se formó un conclave y se discutió con calor el asunto. Los hombres, en general, opinaban que cuando llegase el revisor se le debía explicar con franqueza lo acaecido, pensando que sería suficiente para que no hiciese bajar al muchacho. Las mujeres no se fiaban del revisor, encontraban más seguro ocultar al chico, para lo cual había bastante acomodo con sus faldas.

Predominó, como siempre, la opinión de las mujeres. Unos y otros se estuvieron relevando a la ventanilla para espiar la venida del empleado y cuando le vieron, Anguila se hizo un pequeño ovillo de algodón y quedó disimulado entre los pliegues de una basquiña.