Los viajeros hallaban tan divertido este juego, que reían sin cesar. Trataban a aquel malhechor con afectuosa atención y le regalaban y le mimaban como si fuese su propio hijo.

Al llegar a Madrid también pasó la puerta de la estación oculto entre tres o cuatro mujeres que se apretaban unas contra otras más de lo razonable. En cuanto se vió fuera y libre despidióse de aquella buena gente diciendo que iba en busca de un hermano que allí tenía, y se lanzó a las calles de la corte tan alegre como el pájaro que por vez primera abandona el nido.

Era necesario estirar, cuanto fuese posible, los tres duros mal contados que tenia en el bolsillo. Por lo tanto, en vez de montar en un coche de punto y hacerse trasladar al hotel de París, compró un bollo de pan en el primer puesto que halló y por dos cuartos más tomó el café con que le brindaba un vendedor ambulante en la esquina de la Cuesta de San Vicente.

Aquella noche durmió patriarcalmente sobre uno de los bancos de la plaza de Oriente.

Se propuso aprovechar el tiempo y no partir de Madrid sin ver todo lo que de notable encierra, ya que calculaba que no había de permanecer muchos días. Todo lo visitó, pues, rápidamente, las calles principales, los barrios bajos, la Casa de Fieras, el Palacio Real, los Museos, los teatros, el Congreso de los Diputados, etc., etc. No hay para qué advertir que lo vió todo por fuera porque Anguila había vivido siempre al aire libre y no era cosa de romper con sus hábitos. Los leones de bronce del Congreso, acabados de fundir con los cañones tomados a los moros, le interesaron muchísimo. No entró en el Salón de Conferencias porque odiaba la política. En cambio, como el Derecho penal era su especialidad, asistió muy cerca y sin perder un detalle a la ejecución de un reo en el Campo de Guardias. Lo que algo vale algo cuesta. Su curiosidad científica le costó algunos puntapiés de los agentes de Orden público, pero los dió por bien empleados puesto que había logrado presenciar un espectáculo que ni Antón el zapatero ni ninguno de sus camaradas de Avilés verían probablemente en su vida.

Ignoro cuántos días empleó en ilustrar su joven inteligencia de esta suerte. No debieron de ser muchos, porque aunque la cama le salía barata, los comestibles eran caros ya en aquella época. De todos modos tan agradable temporada se hubiera prolongado un poco más, si no fuese porque una mañana, al despertarse en su marmóreo lecho de la plaza de Oriente, se encontró con que durante el sueño le habían desembarazado de las pocas pesetas que le quedaban. No lloró, porque Anguila aborrecía las cosas inútiles. Se contentó con proferir con voz recia sucesivamente y en ristra, todas las blasfemias y palabras sucias que había logrado aprender en su pueblo natal. Se dirá que esto es también inútil. No tanto; algunas blasfemias proferidas con adecuada entonación, pueden salvar a un hombre de un derrame biliar o cólico nefrítico.

Aunque libre por el momento de estos accidentes, Anguila no pudo menos de pensar que su situación distaba un poco de ser brillante. Poco después comprendió, igualmente, que si algo había indispensable para él en aquel momento era almorzar. En consecuencia, dirigió sus pasos hacia la taberna donde solía hacerlo desde que había llegado, comió lo que tenía por costumbre y aprovechando la distracción de la tabernera que, por otra parte no le vigilaba considerándole ya como parroquiano, logró salir sin ser notado y se alejó velozmente de aquellos lugares. Era domingo. Estábamos en los primeros días de Septiembre; el tiempo espléndido; temperatura agradable; grande animación por las calles. Aunque sus negocios le preocupaban un poco, Anguila gozó como cualquier ciudadano bien acomodado de estas ventajas naturales y sociales. Recorrió las calles, entró en las iglesias, paseó por la acera de las Calatravas y cuando llegó la hora se fué, como siempre, a escuchar la música y presenciar el relevo de la guardia del Palacio Real. En la Puerta del Sol vió a unos chicos limpiando el calzado de los transeuntes y, súbitamente, le acometió la idea de hacerse limpiabotas. Pero apenas nacida la idea la desechó con desprecio. ¡Limpiabotas! ¡Puf! Lo último que él sería en este mundo.

No hay forastero en Madrid que los domingos por la tarde no vaya a pasearse a la Castellana o al Retiro. Anguila optó por este último punto, como más pintoresco y divertido. El real sitio, del cual todavía una parte estaba vedada para el público, rebosaba de gente. La burguesía madrileña se derramaba por sus caminos arenosos produciendo con su charla y su risa un gozoso rumor que Anguila aspiró deliciosamente. Le parecía hallarse todavía en las ferias de Avilés. Innumerables niños que corrían riendo, gritando y se caían y lloraban, señoras elegantísimas, mancebos que jugaban a la pelota, grupos de hermosas jóvenes que saltaban a la cuerda, apuestos militares que las miraban y requebraban... Pero lo que más atraía su atención y más le interesaba era, como debe suponerse, el gran estanque que surcaban algunas barquichuelas tripuladas por marineritos acicalados como los de las cajas de bombones. Puede calcularse el desprecio y la risa que a Anguila inspiraban estas barcas y estos marineros.

Aquel día se amontonaba una muchedumbre inmensa en las orillas del estanque. Anguila miraba al estanque, miraba a la gente y se hallaba en un estado contemplativo sin pensar absolutamente en nada cuando de pronto nace en su cerebro una idea maravillosa.

Fué una de esas ideas que sólo acuden a los hombres cuando Dios quiere demostrarles que su providencia jamás deja de velar por ellos.