Dió vuelta lentamente al estanque y después de haberse cerciorado dónde había más gente y dónde estaban más lejanas las lanchas, se encarama velozmente sobre la barandilla de hierro, da un grito desgarrador y se precipita en el agua.

A este grito contestaron otros cien que partieron de la muchedumbre.

—¡Un niño se ha caído al agua!

—¡No; se ha tirado! ¡Lo he visto yo!

—¡Se ha caído!

—Le digo a usted que se ha tirado.

Anguila había desaparecido debajo del agua y quedó oculto unos instantes, pero al cabo asoma el rostro haciendo muecas horribles, agitando las manos como quien lucha con la muerte. Vuelve a sumergirse y otra vez aparece gesticulando, chapoteando, gritando:

—¡Madre!... ¡Madre del alma! ¡Socorro!

—¡Que se ahoga ese niño! ¡Salvad a ese niño!—gritaban de todas partes.

Anguila desaparecía otra vez, permanecía unos instantes bajo el agua y de nuevo aparecía con el rostro más descompuesto todavía, exhalando gemidos lastimeros.