El público se agitaba, gritaba, pero nadie se atrevía a tirarse al agua. Hay que comprender que Madrid es el pueblo más interior de España.
Las mujeres convulsas, frenéticas increpaban a los hombres.
—¡Salvad a ese niño, cobardes!
Las lanchas se hallaban en el extremo opuesto. Una de ellas venía ya remando hacia el sitio, pero antes de que llegase tenía tiempo el chico de ahogarse diez veces.
Al fin un hombre, el mismo que afirmaba haberle visto tirarse se despojó rápidamente de la chaqueta diciendo:
—El se ha tirado; yo lo he visto por mis ojos... pero no importa.
Y se arrojó al agua. Nadó unos instantes, se aproximó con cautela al chico y tomándole por los cabellos en el momento en que aparecía otra vez le arrastró hacia la orilla. Allí numerosas manos se apresuraron a izarle.
Anguila parecía medio asfixiado. Quisieron volverle la cabeza para que soltase el agua que había tragado pero él se opuso enérgicamente a esta operación. Un grupo inmenso de gente le rodeaba. El hombre que le había salvado y que a todo trance quería hacer valer su opinión le preguntó:
—¿Te has caído o te has tirado?
—¡Me he tirado!—balbuceó Anguila.