—¿Y por qué te has tirado?
—¡Porque... porque quería matarme!
—¿Y por qué querías matarte?
—¡Porque estoy muerto de hambre!—profirió entre sollozos aquel tunante.
La noticia corrió como un reguero de pólvora por la multitud.
Un niño que trató de suicidarse por estar en la última miseria, se decían los unos a los otros. Un tierno sentimiento de compasión se apoderó de todos los corazones. En un momento se recaudó allí un montón de calderilla y algunas pesetas. Metieron todo este dinero en un pañuelo y se lo entregaron al náufrago.
Pero ya algunos guardas habían llegado, los cuales se empeñaron en llevarle a la Casa de Socorro. Antes de hacerlo un caballero anciano elegantemente vestido se abrió paso entre la gente y llegando hasta el suicida le habló con el mayor afecto y le dió una tarjeta para que se pasase por su casa.
En la de socorro metieron al buen Anguila en la cama mientras le secaban la ropa. Una vez seco y restaurado y dueño de algunas pesetas se dirigió al palacio del conde de F., cuya era la tarjeta que le dieran. Este caritativo señor se enteró con emoción de la historia lamentable que a Anguila le plugo ensartarle, le hizo dormir en su casa y al día siguiente le envió con un criado a la estación del Norte. Allí le dieron un billete para León y otro para la diligencia hasta Oviedo.
Esta es la historia verídica del suicidio de Anguila. Yo he presenciado una repetición desde el muelle, porque alguna vez hacía reír a sus amigos parodiándolo.
¡Había que ver a aquel payaso hundirse en el agua y aparecer medio asfixiado pidiendo socorro con las ansias de la muerte!