Al sujeto que le salvó la vida le dieron, a petición de la Prensa, la cruz de Beneficencia.

XXIII
PEDRO MENÉNDEZ

Las ferias de Avilés tienen, como todo el mundo sabe, la misma significación histórica que los Juegos Olímpicos de la antigua Grecia.

Si hubiese tropezado en mi infancia con un japonés o un persa, que no hubiera oído nunca hablar de estas ferias, quedaría seguramente estupefacto.

No sé lo que son ahora, pero doy fe de que en aquellos tiempos eran una antesala del Paraíso. Y si me dejaran, es posible que me quedase contento en la antesala sin entrar jamás en el salón.

Pasábamos un año entero soñando con aquellos cinco días. Si algún pariente generoso nos ponía en la mano una peseta, corríamos a meterla en la hucha de barro ¡para las ferias! Si nos compraban un lindo sombrerito de paja, era ¡para las ferias! Si el sastre nos cortaba un terno de paño fino o el zapatero nos fabricaba unos zapatitos de charol, naturalmente, era ¡para las ferias!

Fuera de casa, en el paseo, bajo los arcos de la plaza y a la salida de la escuela, comentábamos acaloradamente los festejos. Vendrá una compañía dramática; vendrá otra de circo. Y a los chicos se nos hacía la boca agua porque se aseguraba confidencialmente, pero con visos de verdad, que en esta última figuraba un clown maravilloso que se tragaba un largo sable hasta la empuñadura y otro que daba sin trampolín el doble salto mortal.

Mientras las ferias duraban vivíamos en medio de un aturdimiento feliz, fuera enteramente de nosotros mismos y de nuestras costumbres. Eran días de exaltación, de vértigo, de ataque de nervios. Cuando nos aproximábamos a ellos sentíamos su calor y nos iluminábamos por dentro como los cometas al acercarse al sol. Aquellos cinco días y ocho antes los pasábamos en un estado de inconsciencia angélica. No era vida mortal la que llevábamos sino inmortal y olímpica. Los dioses bajaban a nosotros y nos besaban en la frente y nos daban de beber de su ambrosía. Apelo al testimonio de los viejos avilesinos que me lean.

Quince días antes, los peones del Ayuntamiento empezaban a clavar los mástiles con gallardetes a lo largo del muelle y de las calles principales. Avilés fué siempre una villa pródiga en gallardetes. Recuerdo la viva, inefable emoción que me embargaba cuando veía a los obreros erigir los primeros mástiles, símbolo de dicha inmarcesible. Algunas veces pensaba que si en el Cielo no hay gallardetes, es un Cielo incompleto.

Pero la más característica entre las señales precursoras de tan magno acontecimiento, más aún que la erección de los mástiles con gallardetes, eran dos grandes bastidores de madera que la corporación municipal hacía colocar unos días antes a los dos lados de la puerta del Bombé, aquel exiguo Bombé, germen del hermoso parque de ahora. Eran dos figurones que representaban, el uno a Pedro Menéndez y el otro a Ruy Pérez de Avilés, según rezaba la leyenda que debajo ostentaban.