Cuando al descender por la calle de la Herrería cualquiera de los días precedentes a la feria, divisaba a lo lejos a Pedro Menéndez y a Ruy Pérez, mi alegría era tan intensa, que me obligaba a detenerme. El corazón quería saltarme del pecho, la dicha me ahogaba y de buena gana hubiera corrido a aquellos héroes y les hubiera besado y abrazado.
Más tarde les perdí un poco el respeto porque me hice filósofo y pacifista. Pero en aquella época mi temperamento era extremadamente marcial; soñaba con batallas y escaramuzas, tajos y mandobles. Yo mismo, con mis propias manos, fabricaba lanzas y sables aprovechando los barrotes de algún viejo cajón de pino, plateándoles con papel de estaño arrancado de los paquetes de chocolate. Y como nos hallábamos entonces en guerra con los moros de Africa, pensaba vagamente en fugarme de casa y marchar a ponerme a las órdenes del general Prim y ofrecerle el auxilio de mi sable de madera.
Felizmente esto no llegó a efectuarse y pude alcanzar la edad viril y después la vejez, sin haber cortado la cabeza ni haber hecho la más pequeña incisión a ningún moro.
Aunque abominando, pues, de la guerra, conservé siempre, por lo que acabo de decir una tierna inclinación hacia Pedro Menéndez, Adelantado del reino y conquistador de la Florida. Así que cuando llegó a mis oídos la noticia de que le habían alzado una estatua en el parque de Avilés, me sentí complacido y me propuse hacerle una visita.
Le vi de pie sobre un alto pedestal y apenas pude reconocerle. Era un personaje obscuro, verdoso, siniestro, que tenía la espada desenvainada como apercibido a ponerse en guardia y darle una estocada al primero que se le pusiera delante. ¡Qué diferencia de aquel Pedro Menéndez de mi infancia, tranquilo, majestuoso, encuadrado en un pintoresco bastidor de madera! En vez de intentar darle un abrazo como en otro tiempo, aparté de él la vista con tedio y me alejé de aquel sitio velozmente. Quiero decir que no me fué simpático.
Por eso, cuando en aquellos días un notable poeta regional que firma con el pseudónimo de «Marcos del Torniello» en una de sus sabrosas composiciones propuso que se me erigiese una estatua en el parque de Avilés frente a la de Pedro Menéndez, me sentí extrañamente agitado. Inmediatamente me representé yo mismo con cuerpo de mármol, pero sensible y pensante, sobre una columna de piedra, sufriendo día y noche los embates del viento y los rigores del sol, azotado por la lluvia o ensuciado por el polvo. Me vi años y años frente a aquel negro, siniestro guerrero de la espada desenvainada, sin poder apartarme un punto de su vista. Y se me oprimió el corazón.
Anduve preocupado todo el día; me acerqué cuatro o cinco veces a la estatua, y otras tantas me alejé echando una mirada oblicua, nada amorosa, al feo soldado que iba a ser mi socio por los siglos de los siglos. Inquieto y caviloso me fuí aquella noche a la cama y tuve el sueño siguiente:
Soñé que llegaba a Avilés por el ferrocarril, embalado en un gran cajón de madera y que en la estación me arrastraron algunos mozos hasta un carro de bueyes en presencia del escultor y tres o cuatro señores desconocidos. Me llevaron hasta el parque y por la noche me desembalaron y me colocaron sigilosamente sobre una columna de granito que allí estaba preparada, al efecto, y me taparon después la cara y el cuerpo con un trozo de harpillera. Al día siguiente se efectuó la ceremonia de destaparme, en presencia de una gran muchedumbre, con asistencia de las autoridades y amenizado el acto por la orquesta municipal. Yo estaba confuso y avergonzado de tanto honor y viendo a algunos viejos amigos conmovidos hasta derramar lágrimas, se me derretía el corazón cual si fuese de manteca y no de mármol.
Pasé algunas horas distraído aquella tarde. Mucha gente se detenía a contemplarme y hacían comentarios. Unos sacudían la cabeza con ademán severo y expresaban en alta voz sus dudas sobre si yo merecía o no ser elevado a la categoría de los héroes. Otros por el contrario aplaudían el acuerdo del Municipio manifestando que yo les había hecho pasar algunos ratos divertidos y que no era mal muchacho. Gentiles avilesinas fijaban sus menudos pies en la arena y me miraban con ojos risueños haciendo un mohín de satisfacción. Yo sentía unos deseos locos de bajarme del pedestal, postrarme a sus pies y darles las gracias.
Pero de vez en cuando me acordaba de que pronto iba a quedar solo en presencia del terrible conquistador de la Florida, y me estremecía.