Llegó la noche. Las últimas luces del sol relampaguearon un instante sobre la superficie de la ría; hicieron brillar después los cristales de los balcones del Gran Hotel, quedaron algunos segundos recogidas en las copas de los árboles, y por fin se fueron. Y con ellos también los ojos hermosos de las avilesinas. Todo quedó en tinieblas.
Heme aquí frente a don Pedro Menéndez. La noche era obscura y hacía bastante calor. La agitación de aquel día me tenía cansado y la sofocante temperatura me inclinaba al sueño. Empezaba a dormitar cuando me sacó de mi letargo una voz ronca y espantosa. Era la estatua del conquistador de la Florida que hablaba.
—¡Eh, amigo! ¿Por qué estáis ahí plantado frente a mí?
—Porque me han puesto—respondí tembloroso.
—¿Y por qué os han puesto, decidme? ¿Por qué os hicieron tanta honra de vos colocar frente a mí en figura de piedra?
Yo debí responder ciertamente: «Porque les ha dado la gana.»
Pero me sentí lleno de miedo, un miedo abyecto: y balbucí más que dije:
—Quizá hayan pensado que merecían esta recompensa mis servicios.
—¡Ah, sois un guerrero famoso! Perdonad que os haya hablado sin los respetos que se os deben. Agora decidme ¿qué reinos habéis conquistado, qué enemigos de Dios y del rey habéis vencido, en cuántas batallas habéis combatido?
—Con todo respeto y miramiento os diré que no he conquistado ningún reino. Solamente en mi edad juvenil quise conquistar el corazón de alguna bella, pero no pocas veces me vi necesitado a levantar el sitio. En cuanto a batallas, la única seria en que he tomado parte fué la de Galiana.