—¡Nunca oí mentar esa batalla!

—Pues fué recia y cruel, y en ella tuve la mala fortuna de quedar herido.

—¿De pica o de algún arcabuzazo?

—No, señor, de piedra.

—¡De piedra! ¿Entonces os hallabais todavía en la edad de los honderos y catapultas? ¿No conocíais el uso de la pólvora, ni las culebrinas, ni los morteros ni los arcabuces? Erais unos bárbaros.

—En efecto, así nos llamaba casi todos los días el señor don Juan de la Cruz.

—¿Quién era ese varón?

—Nuestro maestro de escuela.

—¡Por Dios que no os entiendo! ¿Qué tienen que partir en estos asuntos de armas los maestros de escuela?

—Es que no se trata de armas. Yo no soy guerrero.