—Entonces, decidme, con mil de a caballo ¿quién sois y qué maravillas habéis hecho para que así os honren con mármoles y bronces?

—Pues yo no he hecho en este mundo más que algunos libros que andan rodando por él con inmerecido aplauso.

Don Pedro quedó un instante suspenso y soltó después una horrísona metálica carcajada.

—¡Vamos, sois un c... tintas!

—No tanto, señor Adelantado. Mi linaje radica aquí mismo en Avilés y es tan antiguo como el vuestro... Pero ya nadie se precia de linajes en estos tiempos... Cada cual se fabrica el suyo con su cabeza o con sus manos. Trabajar; extraer de la madre tierra aquellos elementos necesarios para la vida de los hombres es nobleza; forjar los metales, tallar las piedras, modelar el barro, enviar los productos de una región del planeta a otra, difundirlos, comerciar con ellos, es nobleza. Pero la mayor nobleza en estos tiempos es el expresar con belleza y decoro ideas justas, es alzar el espíritu de los hombres a las altas especulaciones de la metafísica, es recrearla con sabrosas, peregrinas invenciones. No hay monarca ni potentado hoy sobre la tierra que no envidie el laurel de un publicista.

—¡Por vida mía!... ¿Es que a vosotros, ruin canalla, se os corona agora con laureles? Mucho soy maravillado. ¿Entonces, qué es dejado a los varones señalados que abrazan con afecto el arte de la milicia corporal, a los mancebos bélicos, a los varones esforzados de inmortal memoria que han vertido su sangre en crudas batallas?

—En el día, señor Adelantado, los mancebos belicosos suelen parar en la cárcel o en el hospital. Los hombres hemos llegado a convencernos de que los tajos y mandobles, lanzadas y cintarazos, aunque sean inferidos con singular destreza, no deben ser considerados como signos de nobleza sino de barbarie; que no deben llamarse héroes a los que saben dar buenos mordiscos, porque mejores los dan los chacales. Somos espíritus y el teatro de nuestra actividad debe ser el mundo espiritual. Nuestro negocio más importante en la edad presente es el huir de la edad cuadrúpeda que vos representáis.

—¡Rayos y centellas! ¿Y tenéis en menos las hazañas portentosas de aquellos guerreros que han sabido conquistar para su rey y señor dilatados territorios y encadenar a sus pies a millares de esclavos?

—Sí, los tenemos en menos; siento verme obligado a decíroslo. No son conquistadores para nosotros los que se apoderan de un pedazo de tierra que hermanos suyos han regado con el sudor de su frente sino los que descubren nuevos horizontes para la ciencia y con la luz de su ingenio esclarecen las almas de sus semejantes. El hombre no ha nacido para luchar con el hombre sino con las ciegas fuerzas de la naturaleza que nos oprimen. Newton, Kepler, Bacon, Palissy, Gutenberg, Franklin, Pasteur, Edison han sido los conquistadores legítimos de nuestra raza.

—No conozco a esos varones. ¿Pertenecieron a la armada o a la gente de a caballo? Nunca les vi apuntados en la relación de las grandes y señaladas victorias del rey, nuestro señor.