—Pertenecieron a la armada del talento... Pero todavía, señor Adelantado, han existido y existen otros luchadores más grandes, más generosos. Estos no luchan con la tierra y el mar ni con el aire y el fuego sino con la Esfinge.—«Adivina o te devoro»—dice la Esfinge. Y estos buenos guerreros del espíritu luchan con ella, se rompen los huesos contra su cuerpo de piedra y caen rendidos y ensangrentados queriendo arrancarle su secreto. Pitágoras, Heráclito, Sócrates, Platón, Plotino, Spinoza, Descartes, Pascal, Leibnitz, Kant, Hegel, Schopenhauer son los héroes más queridos de la Humanidad.
—¡Habláis un habla, pardiez, que nunca sonó hasta ahora en mis oídos! Todo eso son enredos y trampantojos, y en verdad que merecierais por tales maleficios ser llevado a un calabozo del Santo Oficio para que allí os castigasen o enmendasen o que el rey, nuestro señor, os enviase a galeras después de vos haber aplicado doscientos azotes.
—El Santo Oficio que invocáis no fué más que un odioso tribunal donde sobre víctimas inocentes se cebó la crueldad nativa, la ignorancia, el orgullo y la envidia de algunos clérigos vomitados por el infierno... En cuanto a vuestro rey don Felipe segundo está en el día reputado por un déspota rencoroso y sombrío que destruyó la obra grandiosa de aquella santa mujer que se llamó Isabel primera de Castilla, apagando la inteligencia y envileciendo el carácter del pueblo español.
—¡Qué estáis diciendo, temerario!—gritó con estruendosa voz el guerrero de bronce—. ¿Al Santo Oficio esas blasfemias? ¿A mi rey tamaños ultrajes? ¡Por vida mía que he de castigar tanta insolencia!... ¡Toma, menguado!
Y diciendo y haciendo me tiró con su espada un tajo al cuello y mi cabeza marmórea cayó al suelo con un ruido sordo que me despertó.
XXIV
HISTORIA TRISTE DE MI AMIGO GENARO[4]
Sus padres tenían un almacén de enseres marítimos no lejos del muelle. Era tan pequeño y estaba de tal modo atestado que apenas podrían mantenerse tres o cuatro personas dentro de él.
Barricas de raba para la pesca de la sardina, montones de cables enrollados, paquetes de lona, cajas de brea, remos, garfios, anclotes, latas de aceite, pantalones impermeables, todo hacinado de un modo delicioso. Yo por lo menos lo encontraba así. El techo era bajo, circunstancia que lo hacía más grato aún a mis ojos, y de él pendían ristras de anzuelos, alpargatas y botas de agua. Tenía una escalerita estrecha y empinada que conducía al piso primero y único de la casa. Todo esto le prestaba cierta semejanza con el camarote de un barco; y aquí está precisamente la causa de que esta tiendecita ejerciese sobre mí tal fascinación.
En aquella época yo amaba el mar sobre todas las cosas: era mi elemento, soñaba con ser marino.
Me encantaba, pues, visitar aquella tiendecita tan abarrotada de tesoros marítimos y me hubiese encantado aún más si el padre de mi amigo Genaro no fuese un hombre tan serio y tan barbudo. Su barba negra, erizada, le brotaba hasta por debajo de los ojos, que eran negros también y grandes y severos. Cuando iba a preguntar por su hijo me informaba por medio de un gruñido señalando al techo o a la puerta, según estuviese en casa o fuera.