Genaro tenía bastante parecido con su padre y seguramente sería un perfecto retrato suyo cuando transcurriesen los años. La misma tez cetrina, los mismos grandes ojos negros y una cierta seriedad que imponía respeto a primera vista. Después que se entraba con él en amistad resultaba extremadamente simpático. Era un chico franco, resuelto, leal, no muy inteligente y un poco aturdido. Todos le estimábamos, no sólo por su carácter, sino también y especialmente por su agilidad y su fuerza, pues es cosa cierta que los niños como los griegos adoran el cuerpo primero y después el alma.
Ninguno más diestro que él en toda clase de juegos y ejercicios, sobre todo en los marítimos, esto es en nadar, remar, trepar a pulso por la jarcia de los barcos, etc. En el arte de la navegación nos sacaba a todos gran ventaja, pues era ya a los trece o catorce años un perfecto marinero que izaba y echaba rizos a la vela en el momento oportuno, que sabía orzar y arribar y tesar o arriar la escota y dejaba caer el rezón con perfecta exactitud donde quería. Por esto siempre que disponíamos cualquier excursión a los puntos extremos de la ría buscábamos su compañía.
Felizmente para mí, su casa no sólo tenía entrada por la tienda. En el portal había otra escalera que conducía al piso, y cuando la puerta no estaba cerrada subía por ella para llamarle evitando con esto la barba espinosa de su padre.
En vez de esta barba solía recibirme en lo alto de la escalera un rostro halagüeño y hermoso que me placía ver casi tanto como los tesoros marítimos de la tienda. Este rostro pertenecía a una joven llamada Delfina, mitad costurera, mitad amiga de la casa. Venía con frecuencia a ella para ayudar a la madre de Genaro que, enteramente ocupada con la tienda, no podía atender a los quehaceres domésticos.
Esta Delfina, que podría contar diez y siete o diez y ocho años de edad, era un estuche. Cosía primorosamente, aplanchaba aún mejor, dirigía las faenas de la casa con la habilidad de una vieja ama de llaves y sabía contar cuentos mejor que la sultana Serezada. Era además bella como lo eran sus tres hermanas; porque tenía nada menos que tres; y era igualmente coqueta como ellas. Entre las jóvenes artesanas de Avilés estas cuatro gozaban con justicia fama de hermosas y elegantes; es decir, que sus trajes eran más cuidados y más finos que los de las demás, aunque sin salirse de su esfera, porque en aquel tiempo ninguna osaba hacerlo. Era además alegre como un jilguero y nos hacía reír con sus bromas y después nos pellizcaba para que no riésemos alto; porque ella también tenía miedo de las barbas del amo de la casa.
Así, que cuando subía a la de mi amigo para invitarle a alguna excursión, si Delfina estaba en ella, más de una vez y más de dos olvidé mi propósito y me quedé embelesado con la risa y los cuentos de la costurera. Y si se me había caído un botón o me había hecho un siete en el traje, esta encantadora hada se apresuraba a reparar el desperfecto, dándome después una ligera bofetada que me dejaba con apetito de desgarrarme otra vez el pantalón.
Un día, no obstante, al subir la escalera para llamar a Genaro, la encontré excesivamente seria y desde lo alto me despidió secamente diciéndome que mi amigo no podía salir conmigo porque su padre le tenía ocupado. Me sorprendió un poco, pero no hice demasiado alto en ello. Aquella misma tarde uno de nuestros amigos me dijo confidencialmente:
—Acabo de saber que Genaro ha robado bastante dinero a su padre y que éste le ha dado tantos palos que ha tenido que guardar cama.
Quedé consternado. Entonces comprendí la razón de la seriedad de Delfina.
—Pero ¿cómo ha sido?