—No sé... Creo que ha metido mano en el cajón de la mesa donde guarda el dinero allá en su cuarto.

Me produjo un sentimiento tristísimo. Aquel chico era un amigo a quien yo quería de veras y jamás le creyera capaz de semejante bajeza.

Transcurrieron bastantes días y una tarde le encontré en el muelle. Estaba un poco más pálido, pero alegre e impetuoso como siempre. Embarcamos en nuestro bote y nos paseamos por la ría al tenor de otras veces. Yo sentía que mi estimación hacia aquel muchacho mermaba; pero no podia sustraerme a la simpatía que había logrado inspirarme. Sin embargo, desde entonces me abstuve de ir a buscarle y sólo cuando le encontraba casualmente en el muelle nos embarcábamos juntos.

Pero su asistencia a este sitio, que antes era tan continua, sufría algunos eclipses. Algunas veces se pasaban ocho días sin que le viese saltando por las lanchas o encaramándose en la jarcia de los barcos. Por otra parte, cada vez que le veía le encontraba más pálido: la tristeza se esparcía como una nube negra por su rostro.

Aquel amigo, que por relaciones de familia tenía noticias auténticas de lo que pasaba en casa de Genaro, me comunicó que éste seguía robando a su padre y que los castigos continuaban cada vez más crueles y terribles. Al parecer, la noche anterior su padre le había azotado de tal manera con unas cuerdas que a sus gritos habían acudido los vecinos y le habían hallado en un estado lamentable.

Entonces súbitamente despertóse en mí una compasión infinita hacia aquel chico; aún puedo decir que creció mi cariño, porque siempre en mi alma la compasión engendró el amor. Me rebelé contra aquella barbarie y me dije con indignación: «¿Después de todo, qué? ¿No trabaja y ahorra para él? Si se ha tomado antes lo que más tarde le ha de pertenecer no hay en ello tan gran delito.»

He aquí cómo la compasión y el afecto hicieron brotar en mi cerebro ideas subversivas en el orden moral y jurídico.

Algunos días después volví a encontrarle en el muelle y por un impulso repentino que no pude reprimir le eché los brazos al cuello. El quedó sorprendido, se puso aún más pálido y rompió a sollozar perdidamente. Como nunca había sido blando para llorar, su llanto provocó el mío, que siempre lo he tenido fácil.

No hablamos una palabra. Nos secamos las lágrimas en silencio y montamos en el bote para dar nuestro paseo habitual.

Al cabo supe que su padre había resuelto enviarle a Cuba y que estaba señalado el barco que había de conducirle. No recuerdo, o por mejor decir no quiero recordar, si era la Eusebia, la Flora o la Villa, los tres barquitos principales que entonces hacían la carrera de América; pero era uno de ellos. Estaba anclado en San Juan esperando el Nordeste para hacerse a la vela.