Aquellos días no vi a Genaro en el muelle. Cuando llegó el de la partida tuve de ello noticia por un viejo marinero cuyo hijo era grumete en el barco. Entonces me acometió el deseo de ir a despedirle. Lo propuse a otros dos amigos que aceptaron al instante, pues todos amábamos a aquel chico a pesar de sus faltas. Y una tarde, después de comer, nos acomodamos en un bote y comenzamos a bogar en dirección a San Juan.
En el muelle habíamos sabido antes de partir que Genaro ya estaba allá desde por la mañana y que ni su padre ni su madre ni persona alguna de la familia había ido a despedirle. Sólo un marinero le había acompañado con el baúl. Aquello nos pareció el colmo de la crueldad.
Cuando llegamos a San Juan, el barco estaba ya a punto de hacerse a la vela. Nos acercamos a su casco negro y advertimos que a bordo se estaban efectuando las maniobras preliminares. En torno de él había tres o cuatro lanchas con personas que decían adiós a los pasajeros. Estos, inclinados sobre la borda, hablaban a gritos con sus amigos o deudos. Dimos la vuelta al buque y no vimos por ninguna parte a Genaro. Entonces nos pusimos a llamarle con toda la fuerza de nuestos pulmones.
—¡Genaro! ¡Genaro!
Al cabo apareció en la popa. Con una mano se sujetaba a un cable y con la otra nos envió un saludo acompañado de una triste sonrisa.
Jamás olvidaré aquella sonrisa de dolor, de vergüenza, de resignación, de desprecio...
Quisimos hablar, pero no sabíamos qué decirle. Un marinero se acercó a él y le apartó bruscamente y se colocó en su sitio para ejecutar una maniobra.
—¡Adiós, Genaro!—le gritamos.
Él nos hizo otro saludo con la mano. Y no volvimos a verle.
Entonces comenzamos de nuevo a navegar la vuelta de Avilés. Bogábamos silenciosos, melancólicos. Los tres sentíamos en el fondo del corazón que una gran infamia se acababa de cometer en este mundo.