Pocos días después lo habíamos olvidado. Sin embargo, al cabo de dos o tres meses se produjo un acontecimiento misterioso que llegó hasta nosotros y nos causó profunda impresión.

El padre de Genaro al abrir un día el cajón de la mesa de su cuarto se enteró con estupor de que había sido robado.

Entonces se le ocurrió a aquel bárbaro lo que mucho antes debió de habérsele ocurrido. Buscó una traza ingeniosa para averiguar quién le robaba.

Amarró una cuerda al fondo del cajón por la parte exterior, taladró la mesa, taladró el piso y la hizo pasar hasta la tienda, donde colocó disimuladamente una campanilla.

En efecto, algunos días después sonó esta campanilla: el comerciante se precipitó por la escalera sin hacer ruido y sorprendió al ladrón in fraganti. Era Delfina, la bella costurera que a todos nos tenía hechizados.

Fué entregada a la justicia y el padre de Genaro se apresuró a escribir a Cuba para hacerle venir. La carta llegó demasiado tarde. No mucho después de arribar a la Habana fué atacado por el vómito negro y había dejado de existir.

Esta es la historia triste de mi amigo Genaro.

No roguéis a Dios por aquel niño mártir. Rogad por sus verdugos.

XXV
ROSAS TEMPRANAS

Corría el año 1861. En Avilés vivíamos ignorados, pero felices. Allá lejos podían sublevarse los batallones y en Madrid alzarse barricadas y en todas partes encenderse la lucha y venir en pos de ella las sangrientas represiones, matanzas y fusilamientos. Nosotros no nos ocupábamos en semejantes bagatelas. Nuestros sucesos interesantes eran los Carnavales, el baile de Piñata, los días de San Juan y de San Pedro con sus paseos por mar y por tierra, las romerías, las ferias.