¿Quién osará afirmar que no estábamos en lo cierto? ¿Hay algo más interesante para el hombre que su felicidad? Un moralista me dirá que la bondad debe ir delante. Yo responderé que bondad y felicidad son una misma cosa, y se lo demostraría con párrafos muy elocuentes de Plotino, de Santo Tomás y de Fichte; pero no estoy seguro de que esto sea oportuno en unas memorias. Por el momento, me limito a exclamar con el Evangelio: ¡Bienaventurados los pacíficos! Nosotros lo éramos; por eso Dios nos recompensaba derramando sobre nuestra villa torrentes de alegría.
La noche de San Juan era particularmente regocijada. Como en otras muchas regiones de España, días antes, los niños trabajábamos ardorosamente en la construcción de jardines en plena calle, aprovechando los rincones y encrucijadas. Estos jardines eran nuestro orgullo, porque sabíamos que habían de ser visitados. Para ello poníamos a contribución los bolsillos de nuestros padres y deudos. Enarenábamos sus caminitos esmeradamente; los adornábamos, no solamente con plantas y flores, sino, a veces, también con estatuas y fuentes, y comprábamos farolillos venecianos, con los cuales los iluminábamos a giorno. Al día siguiente escuchábamos con avidez el dictamen y las críticas de la gente. Si oíamos decir que el jardín del Rivero era mejor que el de Galiana, nuestro corazón latía de entusiasmo, y celebrábamos nuestro triunfo gritando por las calles: ¡Viva Rivero!
Pero uno de aquellos mis compañeros me había afirmado seriamente que, echando un huevo en un vaso de agua a las doce en punto de la noche de San Juan, y dejándolo reposarse al sereno, podría verse al día siguiente, dentro del agua, la figura de un barco perfectamente esculpida, con sus mástiles, sus velas y toda su jarcia.
Quise ver esta maravilla, de la cual, ni por un instante dudé. Lo maravilloso es el manjar que mejor digieren los niños. Como no podía permanecer en pie hasta la hora señalada, porque no me lo hubieran consentido, me acosté, pero sin dormirme. Al escuchar en el reloj del comedor las once y media, aguardé todavía un rato; me levanté sigilosamente, fuí a la cocina, llené un vaso de agua, tomé un huevo y, saliendo al corredor, que daba sobre nuestro jardín, esperé anhelante las doce. Cuando el gran reloj del Ayuntamiento hizo vibrar la primera campanada en el silencio de la noche, partí el huevo y vertí su contenido en el vaso.
Al día siguiente, en el momento de abrir los ojos a la luz me acudió el recuerdo del barco. Salto del lecho velozmente, y, en camisa, salgo al corredor y miro con ávida intensidad mi huevo. ¡Oh, amarga decepción! En el vaso no había más que un licor amarillento, asqueroso, sin figura de barco alguno.
¡Cuántas veces así en el curso de mi vida he puesto también a serenar alguna dulce ilusión! Como ahora, he hallado siempre, en vez del barco mágico, el licor nauseabundo del desengaño.
Llegaba después el día de San Pedro, ¡Qué brillante paseo en el bombé! Llamábase así en Avilés un trozo de terreno de forma ovalada, enarenado, cercado por una paredilla alta, de medio metro, y guarnecido de altos álamos blancos de hoja plateada. Este cercadito minúsculo, que no tendría, de punta a punta, más de cien metros, era el paseo oficial de la población, el paseo de gala.
Llegaban las romerías. Las romerías son la alegría del verano. Avilés está rodeado de frondosas aldeas, que semejan otras tantas esmeraldas formando la orla de una perla. La Magdalena, Villalegre, San Martín, San Pelayo, Miranda, Balliniello y San Cristóbal son las principales. Todas ellas tienen su romería, que van escalonadas al través de los meses estivales. La más concurrida, la más espléndida, la abadesa mitrada de estas romerías, es la de la Luz. Ya la he descrito en mi novela titulada El Cuarto Poder, y a esta descripción me remito.
Mas aquel año a mi felicidad se añadió otra que todo el mundo comprenderá inmediatamente; aquel año tuve una novia. Es decir, no sé a punto fijo si tuve una novia, pero esa fué la opinión del público.
Acostumbrábamos los chicos a recrearnos por las tardes, como ya creo haber dicho, en el llamado Campo Caín, o sea el trozo de terreno con árboles que se extendía delante del antiguo convento de la Merced.