Este convento medio derruído servía para todas las cosas de este mundo, para escuela, para vivienda, para oficinas de la Aduana, para cuartel de carabineros, para telégrafo cuando lo hubo, etc., etc.
El Campo Caín sólo servía para nosotros.
Ignoro cómo a este campo ameno y pacífico le dieron un nombre tan trágico. Es posible que en los siglos pasados se cometiese allí un fratricidio.
A él dieron también en venir por las tardes a solazarse aquella primavera las niñas de la población con sus doncellas. El solaz de las niñas no era como el nuestro jugar a la estaca, saltar los unos sobre los otros y darse de mojicones. Ellas formaban corrillos, cantaban dulcemente y bailaban la giraldilla.
Llámase así en Asturias una danza en que los bailarines forman círculo cogidos de la mano. Dentro de él quedan unos cuantos. Se canta dando vueltas y cuando llega cierto pasaje convenido los que están dentro eligen con un signo de la mano pareja entre los de fuera, se rompe el círculo y bailan uno frente a otro abrazándose después para dar las últimas vueltas.
No es necesario decir que este baile es mucho más grato e interesante cuando toman parte en él los dos sexos. Entonces los hombres quedan una vez dentro del corro y otra vez las mujeres.
Las niñas bailaron solas durante algunosdías. Nosotros las contemplábamos de lejos serios y un poco turbados. Seguíamos nuestros juegos; pero sin darnos cuenta nos sentíamos atraídos hacia la giraldilla de las niñas.
Al fin uno de nosotros, ¡un valiente! cuyo nombre no recuerdo se aventuró a entrar dentro de ella. Las niñas se agitaron, hubo cuchicheo y apariencia de debate y gestos desabridos y sonrisas maliciosas; pero al cabo aquel valiente se quedó dentro y bailó como un sultán con todas ellas. Otro le imitó, luego otro, y al fin todos entramos.
Desde entonces el Campo Caín adquirió un nuevo y singular atractivo para nosotros. Todas las tardes, sin faltar una, nos juntábamos allí y pasábamos más de una hora cantando y bailando. Las criadas sentadas en los poyos nos miraban benévolas, departiendo entre sí y animándonos con sus picarescas sonrisas. Después de todo ellas eran unas niñas grandes también y se divertían con nuestra alegría.
No tardó mucho tiempo en actuar dentro de aquellas giraldillas la ley química de las afinidades electivas. Cada uno de nosotros empezó a distinguir a una niña e inmediatamente tanto entre nosotros como en el conclave de las domésticas fué considerado como su novio.