Yo me sentí atraído muy pronto hacia una llamada Concesa (no he vuelto a oír este nombre en mi vida) y se lo declaré del modo único que entonces sabía; esto es, sacándola a bailar más a menudo que a las otras, y procurando ponerme a su lado cuando dábamos las vueltas cantando. Naturalmente, fuimos declarados novios y tanto ella como yo aceptamos tácitamente esta declaración.

Pero no corría todo allí como sobre rieles. En este mundo junto a la luz está la sombra y la ley de la competencia es desgraciadamente tan inflexible como la del amor. La niña gustaba a otros tanto como a mí. Tuve rivales, fuí más constante, al cabo más dichoso; pasado algún tiempo no se me molestó más.

El Campo Caín no fué el único paraje donde nos juntábamos y bailábamos. Aprovechamos también poco después las romerías. Niños y niñas formamos aquel verano un mundo aparte, en el cual vivíamos felices sin cuidarnos de lo que pasaba en torno nuestro. Si alguna de las niñas dejaba de venir al Campo Caín o faltaba a la romería, el pretendido novio no se atrevía a preguntar por ella, pero las amiguitas compasivas le hacían saber el motivo, aunque de una manera indirecta.

—¿Por qué no ha venido Fulanita a la romería?—preguntaba en voz alta una niña a otra.

—Porque se ha dado un golpe en la rodilla y su mamá no la permite moverse de una butaca.

Nos dábamos por enterados y el interesado se mostraba triste aquella tarde para que las amiguitas fuesen con el cuento a la niña contusa.

Yo no sé si allí existía el amor: creo que no. Por mi parte al menos me parece que lo que sentía hacia aquella hermosa niña llamada Concesa era una viva simpatía, una suave amistad que sólo de lejos semejaba a la pasión amorosa, la cual no prendió en mí hasta mucho más tarde. Me agradaba verla y bailar con ella, y me enorgullecía que me distinguiese; pero esta simpatía dejaba perfectamente libre mi espíritu. Por otra parte, no se cruzaba entre nosotros ninguna palabra que trascendiese a galanteo. Si he de confesar la verdad diré que apenas he hablado nunca con ella. Solamente cuando en la giraldilla nos abrazábamos para dar las últimas vueltas, lo cual duraba pocos segundos, nos decíamos alguna vez cualquier palabra indiferente.

Recuerdo, sin embargo, que en cierta ocasión como yo hubiese sacado a bailar con excesiva frecuencia a otra niña, Concesa se enojó y no volvió a sacarme a mí aquella tarde. Al día siguiente se celebraba la romería de Balliniello. Como siempre las niñas formaron su giraldilla y nosotros nos juntamos a ellas. La primera vez que Concesa quedó dentro del corro me eligió a mí por pareja. Yo le dije con voz temblorosa al dar las últimas vueltas:

—Creía que estabas enfadada conmigo, Concesa.

Ella me respondió: