—Yo no me enfado con nadie... y menos contigo.

Y se desprendió de mí bruscamente ruborizándose.

Fué lo más vivo, lo más apasionado que hubo en la historia de aquellos amores.

La de mis amigos supongo que habrá sido idéntica. Sin embargo, ignoro por qué causa la mía se hizo más pública. Quizá porque la Providencia quiso probar ya mi paciencia desde la edad más tierna. Mis amores se hicieron célebres, no sólo en el mundo infantil, sino en la villa entera. En todas partes se supo que yo tenía una novia y en todas partes se me daba vaya con ella gozándose en mi confusión y vergüenza. Los amigos de la casa me saeteaban con indirectas, sonreían, se hacían guiños significativos, mientras, ¡misero de mí!, yo me ponía más rojo que una cereza. Tal era mi sobresalto, que cuando pasaba por delante de cualquier corrillo de gente se me figuraba que hablaban siempre de mis amores, como si no hubiese otra conversación en Avilés. Recuerdo que una noche jugando en casa de unos señores amigos a la Aduana (le Cheval blanc), que entonces era una novedad, solían algunos sujetos pródigos y derrochadores hacer dos puestas a fin de tener derecho a tirar dos veces los dados. Al colocar las dos puestas decían: «—Por mi... y por la novia.» Era el chiste de siempre. Yo que también ambicionaba el tirar los dados dos veces me aventuré aquella noche a doblar mi puesta, aunque sin repetir el chiste, como se debe suponer. Pero un joven burlón dijo en voz alta mirándome con sonrisa maliciosa: «—Por ti y por Concesita, ¿verdad?»

¡Oh Dios mío! ¡Qué turbación! ¡Qué vergüenza! Una ola de rubor me subió a la cara con tal violencia que pienso que hasta el blanco de mis ojos debería de estar rojo también. Al cabo rompí a llorar y los hombres rieron con más ganas. Pero las señoras, respetuosas siempre aun con las más ínfimas manifestaciones del amor, se compadecieron de mi:

«—Vaya, dejar a ese niño. ¿Qué les importa a ustedes que tenga o no tenga novia?»

Pero aún fuí vejado de otra más terrible manera. Ignoro quién fué el chico desalmado a quien se le ocurrió componer una letra sobre cierto pasacalle que entonces se cantaba mucho, aludiendo a mis amores. Quizá fuese uno de mis despechados rivales. Lo cierto es que esta letra alcanzó tal fortuna en el mundo infantil que por mucho tiempo no se cantó con otra el citado pasacalle. Sólo recuerdo de ella el estribillo que decía:

Armando la quiere más
que todos en general.
Todos la quieren bastante,
pero Armando mucho más.

Dejo al lector suponer los tormentos inconcebibles que esta canción me hizo experimentar. En Rivero los chicos me la cantaban en cuanto salía de casa. Si iba a Galiana así que me divisaban ya comenzaba el coro

Armando la quiere más
que todos en general.