No pudo lograr de ella otra respuesta.

—Pues si ese guasón sigue dándome jaqueca, el día menos pensado le cojo por un brazo y le planto en la calle.

Soledad se puso pálida de ira, pero se limitó á decir sordamente:

—Harías muy mal.

Transcurrieron bastantes días después de esta corta explicación y las cosas, en vez de mejorar, empeoraron. Soledad no sólo no reprimía la expresión de su simpatía, sino que afectaba demostrarla con testimonios más visibles. Antonio, observando su frescura, dióse á entender que Velázquez estaba por completo esclavizado y aguantaría todo lo que le echasen encima. Por lo que no se guardó ya tanto de él: festejaba á la tabernera con su habitual desembarazo y sostenía con ella, hasta en presencia del guapo, largos apartes en los cuales se embromaban y reían como locos.

La desazón de Velázquez era tan grande que para nadie pasó inadvertida. Se hicieron comentarios en voz baja y no faltó quien reconviniese á Antonio por su conducta. Pero éste alzó los hombros y respondió, como siempre, con una desvergüenza. El majo se hallaba en una tensión de espíritu insoportable. Tan pronto, acometido de cólera furiosa, proyectaba arrojar á su amigo de la tienda á puntapiés y pescozones, como, presa de profundo abatimiento, quedaba paralizado y devoraba su afrenta en silencio; comía poco, no bromeaba jamás y, contra su costumbre, bebía bastante vino.

Al fin rompió la cuerda, como era de presumir. La insolencia del uno y la despreocupación de la otra llegaron á tal extremo que, hallándose cierta noche en el aposento habitual de la reunión, Antoñico, con pretexto de coger un cigarro que se le había caído, apretó los pies de la hermosa tabernera, quien en vez de enojarse rió la chanza. Velázquez, que advirtió la maniobra, sintió que un flujo de sangre le invadía la cabeza y le cegaba. Llevó la mano al bolsillo para sacar la navaja; quiso levantarse, pero no tuvo fuerzas para hacerlo, como si una mano de hierro le hubiese clavado á la silla. Bañó su frente un sudor frío y, en vez de partir el corazón de su rival, sintió ganas atroces de llorar. Los sollozos le ahogaban. Llenó, con mano trémula, el vaso de vino y lo apuró con ansia.

Cuando los tertulios se despidieron y quedó solo con su querida, inició con voz alterada una explicación.

—Soledad, hija mía, me estás dando muchos disgustos. Acabo de ver al sucio de Antonio propasarse contigo sin que te hayas dado por ofendida... Por milagro de Dios no le he dejado clavado á la pared como un sapo... Vuelvo á suplicarte que si me aprecias en algo dejes de hablar con ese hombre... Ya te he dicho que no lo puedo soportar... ¡Vamos, que no puedo!...

—Pues haz por soportarlo—respondió secamente la joven.