Calló un momento, herido por aquella frase cruel. Luego dijo con humildad, acercándose á ella:
—Sabes que soporto todo cuanto tú quieras... hasta una bofetada en medio de la calle... Te quiero tanto, ¡tanto! que si me mandases tirarme por la muralla, me tiraría... si se te antojase la cruz de la custodia, iría á robarla para ti... Pero hay cosas que hieren más que una bofetada, más que una puñalada en el corazón... Te ruego, por tu salud y por la de tu madre, que no me des más celos... Mira que me estás quitando la vida...
Soledad guardó silencio. Alzóse de la silla en que estaba y se puso á arreglar las botellas de la estantería. Velázquez se acercó de nuevo á ella suplicante.
—Lo que te pido no creo que te ha de costar mucho trabajo... Déjame echar á ese hombre de casa, y yo te prometo no molestarte más con celos...
Tampoco dijo nada la tabernera. Hubo una larga pausa. Al cabo insistió con voz temblorosa:
—Vamos, Solita, no me des ese disgusto... Pídeme en cambio lo que quieras.
—Lo único que te pido es que me dejes ya en paz—repuso ella alejándose para limpiar una de las mesas.
Velázquez no se atrevió á seguirla. La miró acobardado algunos instantes y al fin profirió con amargura:
—¿No merezco siquiera ese pequeño sacrificio? Por ti me privaría yo de hablar con todas las mujeres de este mundo... ¡y tú, en cambio, no puedes pasarte sin las guasas de ese tío!
Soledad, que reprimía á duras penas la impaciencia, exclamó: