—Convendría que se fuese en seguidita á Medina; pero, hijo, yo no puedo decírselo... Está en mi casa... Además, bastaría que notase por lo que es para que se encaprichase en quedarse y tal vez hiciese una atrocidad... Ya la conoce usted.

—Sí, sí; la conozco bien—respondió el joven con acento amargo.

—¿Por qué no la habla usted?

—¿Yo?—exclamó con sorpresa.—Yo no tengo ninguna influencia sobre ella.

—Está usted equivocado. Sé que le aprecia mucho... Cuando se habla de usted.... ¡uf! le pone por las nubes...

—¡Sí, para tenerme más lejos aún!—repuso con sonrisa melancólica.

Paca insistió. Argumentó metódicamente desenvolviendo sus ideas en serie interminable de sutiles demostraciones; estudió, examinó los pros y los contras, se lanzó con pasmosa agilidad al campo del análisis trascendental; en una palabra, rajó por los codos hasta quedar fatigada. Y como todo se lo dijo ella, Manolo no pudo decir nada, encontrándose, cuando menos pensaba, solo y citado para el día siguiente, á las once, en casa de Pepe de Chiclana.

No le pesó mucho. Aunque harto de desengaños y dolorida el alma, aún rebullía en su corazón la esperanza, por poco que la hurgasen. Acudió, pues, puntualmente á la cita con pretexto de hablar á Pepe de un caballo que iba á comprar. No tardó la ingeniosa Paca en dejarle solo y mano á mano con Soledad. La conversación fué mucho tiempo indiferente y penosa. No se atrevía á comenzar; estaba distraído, no decía cosa ordenada. Soledad, que tal vez sospechaba algo, se mostraba más grave que de ordinario y más parca de palabras. Mas por fin, y tomando pie de los frecuentes paseos que la joven daba por el Perejil, se atrevió á decir:

—Te veo casi siempre acompañada de Antoñico.

—Sí; alguna vez nos acompaña—repuso ella secamente.