Hubo una larga pausa.
—¿Y crees—dijo al cabo con tímida sonrisa—que te conviene ese acompañamiento?
—¿Pues?—replicó la joven con semblante serio mirándole á la cara.
Manolo bajó los ojos.
—Porque, á la verdad...., no ganarías nada en la opinión de la gente siguiendo de esa suerte... Es demasiado pronto para tomar otras relaciones... Además, Antonio tiene compromisos sagrados con una mujer, y sobre todo... tú lo sabes lo mismo que yo... no está bien reputado...
—¡Bah!—exclamó la joven un poco pálida.—Esas son cosas de la tienda de Velázquez. Los amigos no le perdonan que tenga buena sombra y que de vez en cuando les tome un poco el pelo.
Uceda se sintió mortificado por esta respuesta picante, pero tuvo fuerzas para disimular y dijo con acento grave y resuelto:
—Tendrá toda la sombra que quieras, pero no ha sabido portarse como persona decente ni con María ni con su amigo Velázquez, á quien debe favores y dinero.
Soledad se puso aún más pálida. Y dejando escapar la cólera que hinchaba su corazón desde el principio de la entrevista, profirió con voz alterada:
—¿Sabes lo que te digo, Manolo?... Que hagas el favor de dejarme en paz. Ni eres mi padre para reprenderme, ni el cura de la parroquia para darme consejos... Tú no puedes hablar de Antonio ni de ningún otro hombre que se me acerque... porque ya ves... cualquiera pensaría que lo haces por envidia.