—No, no—se apresuró á responder el joven.—No te dispares, niña. Tu madre sólo me ha dicho que no eres feliz. Otros pormenores los he sabido por gente de Medina que ha estado aquí.
—¡Bah!—exclamó ella con una mueca de desprecio.—¡Quién ataja las malas lenguas!... ¿Sabes lo que es eso, querido?—añadió inclinándose hacia él y dejando la calceta sobre el mostrador.—Pues es que hay muchas en Medina á quienes la envidia les come las entrañas.
Manolo la miró fijamente con sorpresa. Luego, sonriendo dijo:
—¡Qué engreída estás, Soleá!
Ésta se ruborizó y volvió á coger la calceta.
—No es nuevo, en ti eso—siguió él.—Lo mismo con amigas que con novios, siempre has sido propensa á los engreimientos repentinos... Á mí también me ha tocado mi cachito, ¿verdad?... Pero el de ahora va durando demasiado...
Soledad guardó silencio. Él también calló. Largo rato escucharon distraídos, melancólicos, los acordes de la guitarra. Cuanto se hablaba en el cuarto de la reunión llegaba á sus oídos. Las bromas desvergonzadas y los dichos agudos con que los alegres compadres entreveraban las coplas, en vez de hacerles reir, les iba poniendo á cada instante más serios y reflexivos. Soledad no apartaba los ojos de los puntos de la calceta. Manolo, con la cabeza echada hacia atrás, los tenía puestos en el techo. Al fin, haciendo un esfuerzo para sacudir el letargo y cambiando de postura, dijo resueltamente:
—Échame vino, que me voy.
La tabernera cumplió la orden con igual silencio. Manolo apuró el vaso, como lo había hecho antes, y puso una moneda sobre el mostrador. Soledad abrió el cajón, sacó la vuelta y la colocó á su lado.
—Está bien—dijo metiéndola en el bolsillo.—Me voy, hija mía, que me esperan.