—Te engañas. Mi madre no ha hecho más que mostrarse agradecida á los favores que ese hombre nos hizo... Lo demás lo hizo Dios ó el diablo...

—El diablo seguramente, porque me han dicho que te hace muy desgraciada.

—¡Falso!—profirió la joven vivamente.—Me hace la mujer más feliz de la tierra.

Manolo cerró los ojos y ahogó un suspiro, ocultando un momento la cara entre las manos. Luego dijo esforzándose por sonreir:

—Me alegro, me alegro con toda mi alma. Sería un villano si otra cosa hiciese. Porque yo, al fin, te ofrecía una posición honrosa en el mundo, mientras él te ha colocado en una situación bien triste...

—Pero si yo me alegro de esa situación—interrumpió Soledad con tonillo colérico.

—¡Lo sé! ¡lo sé!... No te esfuerces en convencerme—respondió él con amargura.—Sólo hago constar un hecho. Eres terca, caprichosa y un poco egoistilla; pero así y todo no mereces que te hagan desgraciada. Con todos esos defectos te haces, sin embargo, querer. ¿Sabes por qué?... Por la inocencia... Eres una niña. Tu terquedad, tus caprichos y hasta tu egoísmo, en vez de inspirar repugnancia, hacen sonreir. Me has hecho traición, me clavaste el puñal en el pecho y le has dado vueltas cuando estaba dentro. Pues no te guardo rencor: me has martirizado como los chicos martirizan á los pájaros, sin saber lo que hacen... Cuando llegó á mis oídos que no te trataba bien, que te hacía desprecios delante de la gente, me puse enfermo de rabia, como si fueses cosa propia, como si jamás me hubieses hecho nada malo. Á pesar de mi resentimiento fuí á ver á tu madre y por desgracia ésta me confirmó en lo que había oído...

—¡Qué sabe mi madre lo que dice!—exclamó la joven con creciente irritación.

—Sí; he podido averiguar que no sólo te hacía desprecios, sino que ha llegado á levantarte la mano...

—¿Ha dicho mi madre eso?—preguntó ella vivamente con el semblante demudado.