Hubo una pausa y Manolo volvió á decir:
—Dame otro medio.
Con la misma calma y silencio, Soledad se levantó de nuevo y escanció otro vaso, que el joven apuró instantáneamente.
—La noche en que murió tu padre—profirió al cabo de largo silencio con voz poco segura—fuí á despertar á mi pobre madre, que ya dormía; me senté á su cabecera y llorando como un niño le pinté vuestra situación, le puse delante el cuadro terrible que acababa de presenciar. ¡Qué cosas le diría que al poco rato vi rasados sus ojos con lágrimas!... Aprovechando aquel momento de blandura me puse de rodillas y le dije:—¡Por Dios, mamá, por los dolores que has pasado para echarme al mundo, no te opongas más tiempo á mi matrimonio!... Y aquella mujer tan orgullosa me besó en la frente y me dijo al oído: «Tráela cuando quieras á casa, hijo mío». Me fuí tambaleando á la cama como un beodo y no pude dormir. Cuando tuve ocasión para comunicarte la noticia, vi tu semblante alterado y huiste á ocultarte en tu cuarto. Pensé que la emoción te ahogaba, cuando era el remordimiento...
Soledad hizo un gesto de impaciencia.
—¡Quién se acuerda ya de esas historias, Manolo! Tú y yo no habíamos nacido el uno para el otro.
—Cuando volvíamos del entierro—prosiguió el joven como si no hubiese oído—me emparejé con Velázquez, hablamos de vuestra situación, le di las gracias por lo que había hecho, considerándome ya de la familia, y le dije mi proyecto, mejor dicho, mis proyectos, porque le abrí el corazón por completo y le enteré de todos los pormenores de nuestro noviazgo. Él aprobaba con la cabeza á todo lo que yo decía, elogiaba mi conducta y hacía votos por mi felicidad, sonriendo... ¡Sí! le vi sonreir dos ó tres veces... ¡Qué papel me has hecho representar, Soleá!
Esta bajó la cabeza balbuciendo ruborizada:
—No te acuerdes más de eso.
—No lo traigo á la memoria para echártelo en cara. Lo hago únicamente para que me perdones lo que he dicho al hablar de tu madre. Aunque me jures lo contrario, seguiré creyendo que ha tenido la mayor parte de la culpa.