La tabernera iba á contestar, movió los labios para hacerlo, pero se contuvo; hizo un gesto de indiferencia y guardó silencio. Manolo volvió á su actitud sombría. Al cabo de un rato profirió secamente:
—Dame un medio.
La tabernera dejó la media sobre el mostrador, se levantó en silencio y después de sacar un vaso y fregarlo reposadamente en la pileta, lo llenó de manzanilla. Manolo lo apuró casi de un tope. Soledad le clavó los ojos con curiosidad un instante y volvió á sentarse.
Aumentaba el bullicio en los cuartos. Escucháronse las notas dulces de la guitarra y poco después llegó á sus oídos una soleá entonada á media voz por un hombre.
—¿Quién está ahí?—preguntó Manolo.
—Los de siempre.
—¿Y quiénes son los de siempre?
—Pues la reunión; ¿no los conoces? Pepe de Chiclana, María-Manuela, Paca la de la Parra, Antonio, Frasquito y su tío el señor Rafael.
—¿Y en el otro cuarto?
—Marchantes que juegan al rentoy.