—Tan bueno—respondió poniéndose levemente colorada.
—¿Está fuera?
—Sí, después de almorzar ha salido y aún no ha vuelto.
El joven se sentó en una silla que había delante del mostrador, apoyó el codo sobre éste y con la mano en la mejilla quedó sombrío y silencioso. Soledad, al cabo de un rato, le preguntó con amabilidad:
—¿Hace mucho tiempo que no has visto á mi madre?
—No la he visto hace un siglo... ¡ni ganas!—respondió con reprimido acento de cólera, puestos los ojos en el techo.
Soledad le contempló fija y severamente largo rato; luego, alzando los hombros, hizo una leve mueca de desdén. Manolo adivinó esta mueca sin verla y volviendo su rostro turbado:
—Dispensa, hija; no puedo remediarlo... Tu madre me ha hecho mucho daño.
—¡Qué niño eres, Manolo! La pobrecita de mi madre no se ha metido en nada. Si hay en lo que ha pasado alguna culpa, toda es mía; no se la eches á nadie.
—¡Está bien!—exclamó el joven con sonrisa triste.—¡Ni siquiera me quieres dejar esa ilusión!