—¡Manolo!—dijo al fin bastante fríamente.—¿De dónde sales?
—¿De dónde salgo?... Pues del tren, y antes de una fementida tartana que me ha desparramao los huesos por el cuerpo... Pero choca, criatura. ¿Es que no quieres darme la mano?—añadió poniéndose serio repentinamente.
—¿Por qué no?—dijo ella extendiendo su mano regordeta por encima del mostrador.
Manolo la estrechó con fuerza entre las suyas y la retuvo, mirando á la joven en silencio con intensa expresión de cariño. Ella apartó los ojos con señales de malestar y dijo afectando indiferencia:
—¿Y qué dejas por Medina, niño?
Al mismo tiempo tiró suavemente de su mano. Manolo, sin soltarla, profirió en voz baja con acento apasionado:
—Déjamela siquiera un minuto. ¡Cinco meses hace ya que no la toco!
—¡Un siglo!—exclamó la tabernera con sonrisa apenas perceptible, echando al mismo tiempo una mirada recelosa á la puerta.
Manolo advirtió esta mirada y, soltando bruscamente la mano, preguntó: