Otro mérito grande de la moderna escuela naturalista es, á mi ver, la importancia que concede á la descripción de la naturaleza, anudando de este modo el lazo entre el hombre y el mundo exterior, roto durante tanto tiempo en la literatura. Desde los poemas indios y griegos no se ha cantado con tanto entusiasmo la belleza objetiva, no se ha pintado el paisaje con la palabra de un modo tan perfecto como lo hacen hoy los naturalistas franceses. Han adquirido tal maestría en este género, su idioma claro y flexible les ofrece tanto recurso, que parece ya imposible alcanzar una visión más viva y penetrante del mundo que nos rodea. No se pueden leer las novelas de Flaubert, sobre todo, sin sentirse subyugado por aquella dicción pura y pintoresca que hace surgir ante nuestra vista tanta imagen graciosa, tanto cuadro brillante. Sin embargo, se ha abusado de esta cualidad feliz. Los discípulos de aquel maestro han llevado su amor por la descripción á tal extremo que los caracteres y las situaciones apenas pueden verse entre su espeso follaje. Todas las artes tienen límites trazados por su misma naturaleza. Cuando se pretende modificar ó ensanchar estos límites, viene su ruina. El abuso de la descripción en las obras literarias significa una intrusión de la pintura en los dominios de la poesía. Nadie ignora lo nocivo que es para las artes estas intrusiones de unas en otras. Por violentar la escultura y obligarla á expresar lo mismo que la pintura, se la ha desnaturalizado en los tiempos modernos. Por obligar á la música á expresar ideas concretas que sólo está reservado para la poesía, presenciamos con dolor su decadencia. Hay que temer que la preocupación de los fondos no produzca al cabo también una literatura débil y amanerada, como ha sucedido en la pintura. Actualmente en ésta se representan de un modo maravilloso los pormenores, ropajes, muebles, etc. En cambio, no hay quien pinte bien las carnes. Los grandes maestros, como Rembrandt, Franz-Hals, Velázquez, Tiziano, por el contrario, eran sobrios en las ropas y demás accesorios, y con centraban su atención y sus facultades en aquéllas. Además, la descripción exagerada significa un predominio de la sensualidad, ó sea del elemento fisiológico en la poesía, lo mismo que el abuso de la armonía en la música. Las descripciones brillantes de los naturalistas lisonjean la imaginación, facilitándole el trabajo, pero sus novelas rara vez dejan una impresión honda en el espíritu. De igual modo las sonoridades exquisitas de Wagner y su escuela deleitan el oído, pero no sacuden nuestra alma como la voz elocuente de Beethoven ni la hacen pasar alternativamente de la tristeza á la alegría como la musa encantadora de Haydn.

Para hallar una armonía perfecta entre el fondo y las figuras y en general entre todos los elementos de la composición es preciso acudir á los griegos. Sólo ellos han poseído el secreto de producir todas las bellezas sin dañarse unas á otras, de mostrar la mayor riqueza unida á la mayor sobriedad, de representar en el arte las profundas armonías que existen en el mundo real. Lo poco que nos ha llegado de ellos en el género novelesco es de tan sólido valor como su arquitectura, su escultura y su tragedia y comedia. Nada hay comparable á la célebre novela de Longo Dafnis y Cloe. En ella pueden verse reunidas todas las perfecciones del género. Una fábula sencilla, interesante; caracteres observados con delicadeza y presentados sin artificio; pinturas exquisitas de la naturaleza; descripciones vivas de las costumbres; un estilo noble y trasparente. Todo forma en esta admirable creación un conjunto armónico de encanto irresistible. Cada palabra es una pincelada, cada oración una imagen, cada página un cuadro brillante que no se borra jamás de la imaginación. ¡Qué vena, de fácil inspiración corre por toda ella! ¡Qué frescura y sobriedad en las descripciones! ¡Que naturalidad en la dicción! ¡Cuán lejos nos hallamos del énfasis moderno! Yo no aspiro á otra gloria en mi arte que á la de llamarme humilde discípulo de esta obra inmortal.

Quizá parezca ridícula esta aspiración á la crítica moderna ó la juzgue como una extravagancia. Es posible que las reflexiones que anteceden se consideren como la expresión de un espíritu incapaz de apreciar ni comprender siquiera el primor, la pompa, el pensamiento profundo y la fuerza de la novela contemporánea. Sé que mis humildes observaciones en nada influirán para modificar el gusto dominante. Nada de esto me mortifica; primero, porque nunca he aspirado á ejercer el menor influjo sobre mi época, y segundo, porque para cambiar mis opiniones sería preciso que se cambiase mi naturaleza, lo que es imposible. Pero nadie debe extrañar que allá en mis horas de sueño imagine que dentro de algunos años la Europa, fatigada de tanta exageración, tanta deformidad, tanta mentida originalidad, volverá sedienta á beber el agua cristalina del arte heleno. Entonces nuestros alardes de fuerza serán tenidos por espasmos de un sistema nervioso debilitado, se dirá que nos placíamos en las pinturas de las enfermedades físicas y morales porque estábamos enfermos de alma y de cuerpo, que nos sentíamos atraídos hacia lo deforme y monstruoso porque deforme era nuestro desenvolvimiento, y amábamos la paradoja porque nuestro ser era paradójico. Y dejando los sendas tortuosas por donde caminan y abandonando los altares de las Furias donde ahora sacrifican, los artistas futuros marcharán al cabo por la vía de la moderación, signo de la fuerza, á depositar los frutos de su ingenio á los pies de las Gracias. ¡Feliz yo si el cielo me concede larga vida para ver, aunque sea de lejos, la tierra prometida! Si así no fuere, todavía me consuela la idea de que alguno habrá que al leer estos pobres renglones aprobará su espíritu y me otorgará su simpatía. A ese lector benévolo, después de saludarle cordialmente, le diré como el sabio Yâjñavalkya á Artabhâga, en el Brâhmana de los cien senderos: «Dame tu mano, amigo; este conocimiento no está hecho más que para nosotros dos».

I
El viajero.

Sucedía esto allá en Cádiz, en una taberna del Campo del Sur, no lejos de Capuchinos, frente al mar Océano.

Para entrar en la tienda era menester subir tres escalones. Cerca de la entrada, á mano izquierda, estaba el mostrador: detrás de él la gran estantería repleta de botellas. Á un lado toneles y barriles y terciados sobre éstos varios zaques de vino. En el fondo tres aposentos separados por sendos tableros pintados de amarillo que no llegaban al suelo. Había gente bulliciosa en estos cuartos: escuchábase rumor de plática alegre y chasquido de vasos.

La tienda estaba sola, débilmente esclarecida por una lámpara de petróleo colgada sobre el mostrador. Sentada detrás de éste y haciendo calceta se hallaba la tabernera, cuyos ojos grandes, negros, aterciopelados, no se apartaban de la puerta explorando tenazmente las tinieblas de la calle. Era una espléndida andaluza de carnes opulentas, blancas, sonrosadas, de negra y ondeada cabellera y expresión grave y melancólica, como la de las mujeres árabes. Por la amplitud de sus formas parecía mujer de treinta años; pero examinando su rostro de cerca observábase en él la frescura y trasparencia de la infancia. Debía de ser mucho más joven de lo que aparentaba. Vestía traje sencillo de percal azul con pañuelo negro de seda anudado á la espalda, los cabellos sencilla y graciosamente peinados, los brazos un poco más fuertes y macizos de lo que exigiría un escultor, pero blancos é incitantes de todos modos, remangados hasta más arriba del codo; la fresca, mantecosa garganta al aire también. Las líneas suaves de su rostro ovalado, la pureza de su perfil acusaban alma sencilla y bondadosa; pero en el mirar fijo de sus ojos profundos había señales evidentes de un carácter pertinaz. No eran duros aquellos ojos, pero les faltaba poco.

Un caballero subió rápidamente las escaleras y entró en la tienda. Era un mozo corpulento, de fisonomía dulce y simpática, sobre cuyo labio superior apenas se distinguía leve bozo rubio.

—¡Soleá!—exclamó al entrar, con visible y placentera emoción extendiendo sus manos á la tabernera.

Ésta se alzó de la silla y le miró un instante con más sorpresa que alegría. Era casi tan alta como él y casi tan corpulenta.