—Supongamos que lo fuese.

—Si lo fuese no estaría en un establecimiento de Puerta de Tierra.

—Voy á comprarla y se la regalo. ¿Qué haría usted?

—Dejarla donde está.

—¿Conmigo encima?

—Con usted ó con otro. Me es igual.

—Si le es á usted igual, me quedaré yo. Quiero más sentarme aquí que á la diestra de Dios Padre.

Soledad se encogió de hombros con desdén y murmuró:

—¡Tardaba ya mucho!

Estaba inquieta desde que Antoñico se había acercado á María-Manuela. Sus ojos se clavaban coléricos en ellos y querían pulverizarlos. Las palabras temblorosas de Velázquez le parecían un ruido molesto, la ponían aún más nerviosa. Pero habiendo vuelto la cabeza Antonio y habiéndose encontrado sus miradas, el humor de la joven cambió repentinamente. Empezó á responder con amabilidad á su antiguo amante, á mirarle cara á cara y hasta á inclinarse hacia él, á mostrarse jovial y locuaz, demasiado locuaz para que no se advirtiese el esfuerzo sobre sí misma.