—La bañera te haría salir á palos.

—Eso me conviene para entrar en calor más pronto.

—¡Qué sin vergüenza!

—¡Noticia fresca! Acabo de decírtelo.

Velázquez al volverse y observar la maniobra de Antonio, sintió un movimiento de cólera. Pero se calmó pronto al ver la silla cercana á Soledad desocupada. Por impulso repentino se sentó atrevidamente en ella. La joven no pudo reprimir un vivo estremecimiento y manifestó al instante su disgusto con semblante oscuro y enojado como pocas veces se le había visto.

Después de su golpe de audacia, el majo quedó confuso sin saber qué hacer ni decir. Al cabo, con alegre rostro, exclamó:

—¡Quien fué á Sevilla perdió su silla!

Soledad no respondió ni movió siquiera un pliegue de su fisonomía. Entonces él, adoptando un tono jocoso y desenfadado, dijo:

—¿Me permite usted descansar un momento en esta silla?

—No es mía—respondió secamente.