La joven se estremeció, volvió rápidamente la cabeza y, echándole una mirada torva, siguió contemplando en silencio el firmamento. Antoñico se apoyó á su lado en el marco de la ventana, y después de una larga pausa dijo en voz baja:

—Soy yo, el arrastrao, el sinvergüenza de Antoñico, que está dando las boqueadas como un pez fuera del agua.

—Pues tírate de la muralla y zambúllete en el mar—repuso ella en voz baja también y sin cambiar de postura.

—Eso haría de buena gana, si no fuese que me hace daño el agua fría. Ya sabes que padezco de reúma.

—Avisa que te lo calienten.

—¡Soy muy desgraciado! La bañera se empeña en ponérmelo como hielo.

—¿La bañera de ahora?

—No, la bañera de antes.

—¿Qué importa si el baño no es para ti?.

—Pues me cuelo en él aunque me quede tieso.