El guapo se mostró entonces exageradamente cariñoso y rendido, cubriéndola de flores y requiebros. La ruda y graciosa morena concluyó por decir sonriendo:

—¡Calla, calla, Velázquez, que me empalaga la arropía!

Pero á su espalda se había armado gran algazara. El señor Rafael, harto de cantar y tocar, se entretenía, como de costumbre, en embromar á su sobrino.

—Has hecho una buena boda, Pepa. Te llevas un mozo de circunstancias; te llevas mis pies y mis manos... Un hombre corriente y trabajador como el que más... que te saca una cuenta de multiplicar ó dividir en menos tiempo que se persigna un cura loco... Solamente tiene un vicio... que se le cuela al pobrecillo el dinero por entre los dedos como si fuese agua...

—¡Qué bilis tiene usted, tío!—exclamaba Frasquito mientras los demás reían á carcajadas.

—¡Casi ná!... Átale corto, prenda, porque si te descuidas es capaz de dejarte sin platos en la cocina...

Y el viejo, á quien el vino ponía siempre provocativo, soltaba un chorro de gracias mortificantes. Los invitados se retorcían de risa. El novio, cada vez más sofocado, gritaba con acento colérico:

—¡Dejarlo!... ¡dejarlo! Se le ha destapao el tarro, y hasta que eche toda la bilis no callará.

Velázquez se había aproximado para gozar de la guasa, dejando sola á María-Manuela á la ventana. Antoñico, se levantó de la silla donde estaba cerca de Soledad y, dando una vuelta con disimulo al aposento, se acercó á su antigua querida.

—Presente, mi capitán—le dijo blandamente al oído.