Lo mismo, poco más ó menos, le dijo el viejo Cardenal al maestro carpintero. Frasquito tenía una mona que no se lamía el infeliz. Con lo cual se le aplacó bastante á aquél su enojo, contentándose ya solamente con manifestar su profundo desprecio hacia los muchachos del día, que «en cuanto lo cataban perdían la cabeza».

Finalmente, tranquilizáronse los ánimos y otra vez reinó la concordia y la alegría. El señor Rafael volvió á tomar la guitarra y soltó una serie de coplillas chuscas y picarescas que hicieron brincar de gozo á los alegres compadres.

Velázquez y María-Manuela, sofocados por el calor, se habían acercado á la ventana y respiraban la brisa frente á la bóveda estrellada del cielo. El majo mostraba una alegría miedosa, donde se percibía, no obstante, alguna afectación, un dejo de inquietud y tristeza que por momentos lo hacía enmudecer y le arrugaba la frente. Al salir de una de estas breves pausas, dijo á su compañera con sonrisa melancólica:

—María, ¿te acuerdas de aquel rey de copas que anunciaba mi matrimonio con Soledad?

La maga quedó turbada sin saber qué contestar. Al fin balbució:

—Las cartas no mienten nunca, hijo... Habrá sido culpa mía el no haberlas entendido.

—¡Lo que anunciaba no era mi matrimonio, sino el de Frasquito!—exclamó riendo.

Y, observando que su burla oscurecía el rostro de la joven, añadió tomándole una mano y acariciándola:

—No hagas caso, serrana; anunciaba, sí, mi matrimonio, pero era contigo... ¡contigo, morena, que tienes unas pestañas que se clavan en el alma como alfileres!

—¡Quita allá, falso! ¡No gastes guasa!—replicó ella dándole un leve empujón.