—Pues ahora es la ocasión, porque empezáis á vivir—replicó con audacia tranquila el carpintero.—Tú eres un hombre formal, sabes trabajar y harás feliz á mi Pepa. Cuando yo me casé tenía solamente...
Frasquito no le dejó concluir. Con ademanes descompuestos, echando casi espumarajos por la boca, profirió:
—Lo que ha hecho usted es engañarme como un charrán. Eso no lo hace ningún hombre que tenga vergüenza, ¿sabe usted?
El carpintero empalideció á su vez.
—¡Voto á Dios! ¿Me estás insultando?
—Sí, señor, lo repito—gritó aún más sofocado el novio.—¡Es usted un sin vergüenza! ¡un canalla!
El viejo alzó la mano y descargó una tremenda bofetada, una bofetada de carpintero, en el rostro de su yerno. Éste le echó las manos al cuello. Gritos, maldiciones, espantosa confusión. A duras penas lograron entre todos separarlos. La novia exhalaba quejidos lastimeros, llorando abundantes lágrimas y sin saber á quién dirigirse. El viejo, sujeto por unas cuantas manos, juraba y perjuraba que había de espachurrar al morral de su yerno. El yerno, estrechado por un grupo de convidados, les demostraba palmariamente que su suegro era un pillo, un estafador, acompañando la demostración de un áspero crujir de dientes que ponía espanto á los circunstantes y en particular á las hembras.
Pero su tío, el señor Rafael, tomándole por un brazo y llevándole aparte, le dijo al oído:
—Hijo, no te sofoques. ¿No ves que tu suegro está borracho perdido?
Estas prudentísimas palabras gozaron el privilegio de calmar instantáneamente la cólera de Frasquito. Renació la esperanza en su corazón y otra vez tornó á ver las diez mil pesetas delante de los ojos.