Los convidados, que sabían bien lo que pasaba, temieron una escena desagradable y no insistieron.

Pero la alegría no se enfrió por eso. El señor Rafael tomó la guitarra exclamando:

—Ya me han conocío ustedes como bailarín. Ahora van á conocerme como músico.

Y después de rasguear y puntear el instrumento con no esperada habilidad, cantó con bronca voz, dirigiéndose á Pepa:

Porque te quiero te digo
que te registren el novio,
porque no está de recibo.

La chuscada causó gracia á todos menos á Frasquito, quien sacudió la cabeza malhumorado. Lo estaba también porque la conversación con su suegro tomaba un sesgo bastante desagradable. El maestro carpintero, que había embaulado un río de manzanilla, con la expansión que el vino comunica, le estaba haciendo una porción de confidencias gravísimas. Decíale con lengua estropajosa que no era tan rico como se decía, que si es verdad que en algunas obras había ganado algunos cuartos, en otras salió con las manos en la cabeza. Además, había gastado un caudal en la enfermedad, bien larga, de su difunta esposa. Y para remate de fiesta, tres meses hacía que un pícaro de la Isla á quien tenía dados quince mil reales á réditos se había declarado insolvente.

Frasquito escuchaba todo esto serio, fruncido, sin asomo de borrachera, llevando las cañas á la boca con mano trémula. Después de larga pausa, el maestro carpintero, con la mayor tranquilidad, como quien no dice nada, soltó la siguiente bomba:

—De modo, hijo, que por ahora y en mucho tiempo tampoco, no cuentes con las diez mil pesetas de que hemos hablado.

Frasquito se puso pálido como un muerto. Quedó paralizado un momento y apenas pudo balbucir:

—¡Cómo! ¿Ahora salimos con eso?