Paca no juzgó prudente aquella medicación, tanto menos, cuanto que el maestro carpintero departía muy tranquilamente con el señor Rafael, bien ajeno de la necesidad de introducir en su cuerpo una dosis de álcali volátil. Justamente en aquel momento estaba dirigiendo por vigésima vez á su compadre una serie de preguntas que alejaban toda sospecha sobre este punto.

—Vamos á ver, ¿estoy yo borracho? ¿Hablo cosas formales?... ¿He faltado á alguno?... ¿Soy ó no un hombre regular?... ¿Me levantan á mí la cabeza dos cañitas?... ¿Sé alternar ó no sé alternar?...

El señor Rafael apoyaba con todas sus fuerzas estas proposiciones, aunque disimuladamente hacía guiños expresivos á su sobrino; pero éste sacudía la cabeza con desesperación, hallando cada vez más inevitable el socorro de la química.

Mientras tanto seguía el bailoteo en aumento. Tomaban ya parte en él los que antes hacían más remilgos. Hasta la vieja Cardenala se arrancó por panaderos con un comerciante vecino casi tan antiguo como ella. La novia, rendida ya, jadeante, se empeñaba, no obstante, en bailar sola, sin hacer caso de María-Manuela que le advertía con empeño de que no lo hiciera, porque se bailaba con el diablo.

Mercedes, la madrina, un poco excitada por el vino, quería que Velázquez bailase con ella. Desde su rompimiento, la joven guardaba en el fondo de su pecho hacia el majo un sentimiento indefinible, mezcla de rabia y simpatía, de desprecio y amor. Velázquez, que siempre había sido poco amigo de echar las piernas al alto, se negaba, haciendo, sin embargo á su antigua novia mil cortesías, mostrándose con ella extremadamente dulce. No era pura galantería ó gratitud lo que le impulsaba á ello. Había también su parte de vanidad, porque Mercedes tenía novio, y éste, que era un mancebo casi imberbe, no mal parecido, llamado Gabino, andaba celoso, desesperado, desde que viera que su novia coqueteaba con Velázquez. El guapo, á quien el amor y los pesares no habían podido arrancar de cuajo su inveterada arrogancia, gozaba con las preferencias de la bella y los celos del muchacho.

—¿Dónde va tu novio tan encandilao?—díjole sonriendo con orgullo, viendo salir al joven del aposento como un huracán.

—Déjalo—respondió ella haciendo una mueca de desdén.—Es un tío lila, ¿sabes?... Se ahoga el infeliz en una tacita de agua. De seguro que ha salido al campo para llorar más á gusto.

—¡Para llorar!... ¿Por qué?

—Porque está celoso de ti.

—¡Válgame Dios!... Parece mentira que un buen mozo tenga celos de este pobrecito viejo—repuso Velázquez con mal disimulada jactancia.